sábado, 18 de agosto de 2018

Tu película me ofende.




Quentin Tarantino (55) ha declarado ante la sede de la Academia Británica de Cine y Televisión que la violencia es la herramienta catártica por medio de la cual conduce los sentimientos de los espectadores, su recurso predilecto. Esto no resulta una sorpresa al ver su carrera filmográfica: una tras otra, sus películas pueden entenderse como un estudio histórico de la venganza violenta. En el año 2012, en una entrevista con el infame reportero Krishnan Guru-Murthy sobre su película Django Unchained (2012), el entrevistador, siguiendo la controversia en torno al film, le preguntó:  «¿Por qué te gusta hacer películas violentas?». Tarantino le respondió: «Porque es buen cinema». Luego de que Tarantino tuviera que explicarle inútilmente que la obra en cuestión respondía a un período histórico en el que la violencia extrema era un medio de vinculación cotidiano, el entrevistador, guiado por una agenda ultrapuritanista, inquirió: «¿Cómo puedes estar tan seguro de que no hay una relación directa entre la violencia en el cine y la violencia en la vida real?». Estos berrinches disfrazados de crítica intelectual, caprichos derivados del totalitarismo de lo políticamente correcto, exigen del artista una postura política y un fundamento a su obra como un prospecto farmacológico donde se detallen los efectos secundarios.



Django, un esclavo que logra su libertad luego de una travesía sangrienta por los paisajes del Sur conservador de Estados Unidos, resulta una propuesta refrescante dentro de la larga historia de héroes hollywoodenses. Pero el director y activista Spike Lee se ha declarado en contra de esta revisión histórica por no representar eficazmente a la esclavitud americana, de desviar la mirada de víctima a la mirada de victimario. «No vi la película. Verla sería un insulto a mis ancestros», expresó en su cuenta de twitter, demostrando una enorme intolerancia. Django Unchained se convirtió entonces en el blanco de una masa de narcisistas que creen que el arte no debe ofender sus monstruosos egos, que se deben pesar las obras en sus balanzas morales individuales, protegidos por un privilegio social que los transformó en verdugos de la Edad Media.

En un momento histórico de lucha por las libertades colectivas, las libertades creativas se encuentran mancilladas por las sensibilidades hiperbólicas de la cuarta ola del feminismo, el pluralismo étnico y los movimientos de género. Como consecuencia, se han premiado en base a valores que se corresponden con estas doctrinas a artistas plásticos mediocres como Nahui Olin; la copia burda de The Handsmaid Tale, de Margaret Atwood, The Power, por Naomi Alderman, que ganó una serie de premios por su contenido socialmente pertinente; el pobremente construido guión de Get Out (2017), ganador de un Premio de la Academia, un film que ha sido engrandecido más allá de sus méritos, entre otros.

Las virtudes estéticas se evalúan con escalas éticas: no importa la obra, importa el discurso sobre la obra. Por lo tanto, la creación puede carecer en absoluto de un desarrollo técnico y comunicativo, pero ser valorada en cuanto a unos parámetros ideológicos que, junto a la validación de los académicos, la colocan en un pedestal. Los artistas, por lo tanto, ya no están sumidos en la búsqueda de una voz o de un universo pictórico, sino que su trabajo se basa en la repetición absurda de un discurso dominante: si algo caracteriza a estas obras, es su falta de originalidad. No es coincidencia que los autores de mayor exportación en los últimos tres años sean mujeres con obras pesadamente feministas y ecologistas (Mariana Enriquez, Samanta Schweblin y Ariana Harwicz, estas últimas dos nominadas al Man Booker Prize).

La compensación de una brecha histórica (así sea racial o de género) a través del arte, solo disminuye la calidad de toda una generación que va a quedar perdida cuando se la mire desde las espaldas del futuro. El rancio puritanismo de las religiones («¿Por qué te gusta hacer películas violentas?») convergió con el correccionismo político más tóxico («Verla sería un insulto a mis ancestros»): la censura, el escrache, el boicot.

Ruwen  Ogien defiende la libertad de ofensa indispensable para la creación artística. Ofensa y violencia, Ogien y Tarantino, separan el cauce de lo estético del cauce de lo ético. Pedirle al arte lo que es del terreno de lo moral, es crear una dictadura y darle el poder a estas nuevas instituciones de imponer un límite a la creatividad y la inteligencia humana. Pedir que el arte sea simpático es, quizá, el mayor de los absurdos de una sociedad neurótica atascada en la culpa de injusticias cometidas en el pasado.

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