miércoles, 19 de septiembre de 2018

Fanatismo y feminismo.




Gloria Steinem propuso un boicot a la editorial que publicó la novela American Psycho, de Breston Ellis porque según ella «[la obra] incita a otros hombres a cometer asesinatos de mujeres». Luce Irigaray, directora de investigaciones en filosofía del Centro Nacional Francés de Investigaciones Científicas, argumenta que las ciencias físicas son sexistas, y que se vislumbra, por ejemplo, en «el privilegio [del estudio] de lo sólido sobre lo fluido» impuesto por la incapacidad de los hombres de ciencia a trabajar con rasgos pertenecientes al cuerpo de la mujer, «como lo es el fluido menstrual». Andrea Dworkin luego de presentarse fervientemente en contra de la pornografía, ha declarado que «el coito es la expresión más pura y formal del desprecio del hombre hacia la mujer», llegando al extremo de decir que «toda relación sexual heterosexual es violación».

Académicas, ilustradas, legitimadas por instituciones educativas, estas mujeres han manifestado un pensamiento radical y una visión fatalista de la sociedad en la que vivimos. Los hombres cargamos ahora con la tara de violadores, nuestros deseos sexuales son diseccionados por una maquinaria retórica indiscutida, los argumentos se transformaron en dogmas irrevocables, cualquiera que plantee un diálogo con la teoría que proponen se transforma en un enemigo al que hay que erradicar. El conocimiento feminista se cristalizó y es indudable. La justicia que tanto perseguían se ha transformado en revancha. No es atrevimiento decir que el feminismo de hoy pertenece al espectro de los fanatismos.

Claudio Fantini en su libro La sombra del fanatismo distingue tres clases de entendimiento: el que surge como curiosidad, que es abierto, expectante, es decir, que no busca reforzar un modelo de realidad; el que se desliza en la duda como incertidumbre, y el que se proyecta desde las convicciones absolutas, y luego en fanatismo. Convicción absoluta es creer que lo único que motiva  la conducta de un hombre que desea a una mujer es una pulsión de dominación sobre ella, que no hay una forma de intercambio entre hombre y mujer que no acabe en alguna práctica misógina. Convicción absoluta es querer censurar una obra de ficción por su contenido.

El fanatismo tiene sus razones, que son casi siempre abstractas y están dotadas de inercia por relatos emocionales. Las mujeres son víctimas perpetuas, deben estar siempre en estado de vigilia porque el mundo, el todo, el sistema, está a punto de sodomizarlas, domeñarlas como a un animal salvaje. Son libres, exóticas, feroces, la sociedad les debe una disculpa sempiterna. Esta batalla maniquea de culpables e inocentes le da al feminismo el poderío para reconocer enemigos en todas partes y actuar en consecuencia. Las convicciones absolutas eliminan el miedo. La certeza de un modelo patriarcal ominoso deviene en temeridad criminal. Los grupos feministas creen llevar a cuestas la causa que le permite cometer cualquier acto de violencia. La liberación femenina es entonces una misión sagrada que ha de llevarse a cabo cueste lo que cueste.

Una parte fundamental del fanatismo es el adoctrinamiento. El fanatismo conduce a la violencia cuando su portador necesita imponer las ideas a los demás. Al no permitir un diálogo (etimológicamente diálogo significa ‘dos razones’) porque cualquier intento de debate es solo una demostración de machismo, el feminismo encuentra su cauce en el monólogo (‘una razón’) que reduce la realidad a un juego de poder. Este reduccionismo es una pieza clave para darle su lugar al feminismo, la única respuesta a todos los problemas.

La física y la biología son sexistas, la Historia tal y como la conocemos no es más que un relato ficcional escrito por hombres blancos privilegiados, y, por lo tanto, debe ser desechada. Lentamente, el feminismo se va posicionando como La Verdad. Nada es como lo vemos, cada aspectos de la realidad humana tiene un significado subyacente, y todo significado es un instrumento de opresión. Ciertos grupos radicales han tomado una causa justa para adoctrinar a la población, para habilitar un margen de violencia justificada.

Para ser un intelectual feminista ahora solo basta con usar el lenguaje patrocinado por la academia y buscar un objeto de estudio al que deconstruir. Muchas veces los textos son inteligibles, y requieren de una red de textos igualmente oscuros para aproximarse a ellos. La calidad de la producción académica ha decaído debido a que los parámetros de calidad han sido reemplazados por parámetros de utilidad. El arte y las ciencias sociales se convirtieron en aparatos de puro servilismo, la única función que este aparato cumple es de reforzamiento político.

Sarah Lucas, performancera británica, ha realizado una actuación en el New Museum que consistía en arrojar huevos a una pared como representación de un impulso misándrico a la castración de genitales masculinos. Este acto validado como artístico por haber tenido lugar en un museo es una demostración concreta de los dobles estándares del feminismo radical que, por un lado, impulsa estos discursos estériles de provocación y odio hacia los hombres, y por el otro, busca censurar en el MET de New York una obra de Balthus en la que se ve una niña relajada en un silla porque «respalda el voyeurismo y la cosificación de las niñas». Del grotesco al puritanismo más higiénico sin escalas.

"Teresa sueña". 


Recapitulando, el fanatismo requiere de convencimiento absoluto para subsistir, y este absolutismo es dado por las instituciones educativas que legitiman cualquier producción intelectual que responda a ciertos parámetros de utilidad política de grupos radicales; para ser visible, el fanatismo obliga a los fanáticos a concretar estas convicciones con violencia, con irrupción, ya que han cerrado cualquier otra vía de comunicación con el propósito de mantener intactos sus frágiles dogmas. A su vez, el feminismo, apoyado en una contradictoria filosofía posmodernista que rechaza cualquier verdad e impone la propia (al decir que no hay verdades está proponiendo una verdad), elimina de su aparato ideológico cualquier discrepancia que pueda tener con otras ciencias (es imposible hablar de un solo feminismo, y sin embargo, si en algo empatan muchas de sus variadas formas actuales, es en la intolerancia a la diversidad intelectual). Por último, el fanatismo necesita expandirse y allí es en donde encuentra su camino el adoctrinamiento. Se sella, así, el círculo del pensamiento radical: monólogo, violencia y educación partidaria.

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