viernes, 7 de septiembre de 2018

Ni salud, ni belleza: obesidad.




La escasez espiritual ha alcanzado terrenos insospechados en esta última década. La tendencia se dirige irremediablemente hacia la castración intelectual de toda una generación. El consumo masivo de imágenes soft porn en Instagram posicionó nuevamente el foco en el cuerpo y su degradación. Al ser humano se lo ha alienado del sentido de la responsabilidad. Como resultado de una sociedad aburrida de vidas insignificantes, surge el #FatAcceptanceMovement.

En 1976, quinientas personas se reunieron en el Central Park, en Nueva York, para protestar por el trato injusto hacia las personas con obesidad. Inicialmente el movimiento surge con diferentes nombres: «Fat Liberation», «Fat Pride», «Fat Power». La propuesta de este grupo consistía en derribar estándares sociales de belleza que, a su criterio, dañaban a una minoría. De aquello surgió la NAAFA (National Association to Aid Fat Americans) que, en primer medida, se estableció con el motivo de luchar por derechos civiles para las personas con obesidad. Pero, en palabras de su fundador Bill Fabrey, la NAAFA rápidamente se transformó en un mercadito de prendas de  talles XXL para mujeres que, entre otras cosas, asistían sólo para lucirse en la fat catwalk (una especie de pasarela de gordos) y para conseguir hombres que aceptaran sus cuerpos sobredimensionados. Los minúsculos esfuerzos de esta asociación, que al día de hoy sigue en funcionamiento, no alcanzaron su cometido, aunque paradójicamente la obesidad se transformó en el problema número uno de salud pública en Estados Unidos con el paso de los años, produciendo un gasto billonario en el sistema de salud americano.

Con el florecimiento de la justicia social a través de Twitter y otras redes sociales y medios de comunicación, el #FatAcceptanceMovement ha encarnado sus esfuerzos con un feminismo en decadencia y contradictorio, para levantar una revolución contra «los prejuicios ante las mujeres gordas»; es decir, a la tara de ser gorda se le suma la de ser mujer: doblemente oprimida —parece que el feminismo descubrió la matemática—. Golda Poretsky es una conocida activista de esta lucha que se encarga de derribar el «mito» de que la obesidad es una enfermedad. En sus charlas presenta datos estadísticos, anécdotas sobre su batalla interminable contra el sobrepeso, y desmiente algunas injusticias naturalizadas en nuestras mentes «gordofóbicas». Varios periodistas, médicos, nutricionistas han contraargumentado terminantemente a esta pseudo intelectual que, entre otras mentiras, afirma que la obesidad puede ser un estilo de vida saludable. Comparto un video que compila todas sus falacias:



Aquí en Argentina tenemos nuestra versión del #FatAcceptanceMovement, y una de las caras mediáticas es Mar Tarrés, una comediante de los infra niveles del stand up, elegida en el año 2016 como «la chica del verano», valioso título otorgado por el diario La Voz del Interior, cuyo único mérito es hacer campaña en las redes sociales pidiendo votos; el premio: Mar Tarrés, una joven con obesidad, fue elegida entre una docena de vedettes, bailarinas y actrices de cuerpos esculturales. Mar Tarrés ha expresado activamente a lo largo de los años su deseo de que la sociedad acepte nuevas formas y medidas: «Se puede ser una diosa en talle grande. Y las que dicen ‘ay, Mar pero vos fomentás la obesidad, es malo ser gordo’, no es malo, es una enfermedad. ¡No se fomenta la obesidad, no se contagia! ¿O a caso [sic] alguna de ustedes engordo [sic] por seguirme?». Se agradece la profundidad de su pensamiento, inagotable filosofía del «sentirse bien».

El cuerpo es nuestra extensión en el mundo, si por algo estamos determinados es por nuestro cuerpo; en el plano terrenal somos solo cuerpo. Las filosofías correctistas que desean imponernos están acabando con  el amor propio, que es mucho más difícil de lograr, que requiere cultivación, meditación y entendimiento de la dialéctica del mundo y del self. La sociedad siempre ha impuesto modelos de belleza, eso es incuestionable, pero el exhibicionismo de cuerpos enfermos y desfigurados nunca va a poder estar en la misma categoría que la admiración de un cuerpo disciplinado. Es un camino común de la inteligencia admirar la disciplina, el progreso que, muy diferente a progresismo, viene aparejado con la idea de crecimiento y superación. Valores como estos se han visto enmascarados en otra serie de valores que son explotados en la victimización: sentirse bien, ser deseado, ser igualado. El acercamiento de la obesidad a un modelo de belleza es síntoma del imperio que cae, de la opulencia máxima, del derroche y el poder: la historia nos lo dice.

Esta especie de felicidad ampliada quita la responsabilidad individual al acreditarle culpas a la sociedad: «soy obesa, y sí, soy enferma, pero ese no es el verdadero problema, sino que no me encuentres atractiva». Mar Tarrés tal vez no haga engordar a sus seguidoras, pero a las que posiblemente convivan con obesidad les ofrece un espejo de feria ambulante en los que uno puede verse como quiere, y esta mentira compartida acentúa el sobrepeso según el estudio sobre este movimiento dirigido por Raya Muttarak de la University of East Anglia.

El #FatAcceptanceMovement y el fat feminism, además, sufren de la grave condición de la hipocresía: fomentan la aceptación propia a través de la aceptación de los demás. El #BodyPositivityChallenge fue una tendencia que comenzó en el año 2017, cuyo objetivo es publicar una fotografía de tu cuerpo tal cual sea su forma y tamaño. Este exhibicionismo indiscriminado, oculto tras las débiles intenciones sociales de la aceptación, transforma a sus participantes en modelos de lencería usada, strippers de poca monta a costa de unos likes y seguidores.



Ni salud, ni belleza, este putrefacto sub-movimiento feminista importado desde los Estados Unidos alienta al consumo del cuerpo como un capital más, y no aporta al descubrimiento del apropiamiento corporal como lo hacen el yoga, las artes performáticas o el deporte, ni de autoconocimiento o prolongación emocional, ya que reduce a las mujeres a víctimas de sus circunstancias. El fat feminism está más preocupado en señalar microagresiones cada vez más insignificantes —una microagresión según el fat feminism es preguntar si me veo gordo—, que, por ejemplo, en disminuir la tasa de mortalidad de este grupo de riesgo.

¿Por qué aceptar la degradación de la salud y no exigirnos más? Ni ética, ni estética, la obesidad se convirtió en trending topic y las revistas ya la ponen en sus portadas. La enfermedad es ahora un estilo de vida.

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