miércoles, 14 de noviembre de 2018

Mi novia Sara





—Lo mío es la estética steampunk —me explicó.
Yo sostenía la servilleta con el dibujo fingiendo observarlo con detenimiento. Había dibujado un dirigible rompiendo con su punta ovalada una nube que parecía de caramelo. Sara me miraba con la cara vacía de siempre y las yemas manchadas de tinta ensuciando el mantel.
—No sabía que dibujaras.
Ella puso una sonrisa tímida y se agachó en reverencia. Nunca había hecho algo así. Quiero decir, nunca había sonreído de esa manera. Todo lo que sentía por ella, el desprecio, la apatía de tener que ser su novio, se transformó, de repente, debido a ese diminuto gesto, en culpa.
Me di cuenta entonces de que sentía mal estando a su lado. Sara era una buena chica de la que no conocía nada en realidad.
Pensé: «Si no la quiero, ¿para qué estoy con ella?».
O puede ser que sí la quería y lo estaba descubriendo en ese mismo instante. Quería a Sara, mi novia. Me convencí de ello. Pensé: «debo tratarla mejor». ¿Cuándo era su cumpleaños? La llevaría a elegir un perfume. Sara no usaba perfumes, no que yo supiera, pero podía gustarle.
—¿Un perfume te gustaría? —le pregunté.
—Me gustaría —respondió.
Pero no recuerdo haberle regalado un perfume al final, ni que me lo haya reclamado. Y en algún momento debió de desaparecer la culpa de no quererla, porque intenté dejarla esa misma primavera.
—No quiero que nos volvamos a encontrar —le anuncié por teléfono.
Hubo silencio del otro lado.
—¿Por qué? —dijo a continuación.
—Por tu edad. Soy joven para salir con alguien de tu edad.
Otro momento de silencio.
—Ah —dijo.
Y colgué.
La verdad es que Sara es demasiado grande para mí. Tiene 32 años y todavía vive con su madre, que parece más joven que ella. En el chat, conocí a Sara como «VerdeIAzul». Al principio teníamos conversaciones esporádicas y sin contenido. Era distante, descuidada, pero siempre seguía el hilo de lo que hablábamos.  En cuanto me confesó su edad —se había presentado como una chica de diecisiete—, pensé que la frialdad con la que me trataba iría a cambiar, que se debía a que el secreto la hacía dudar de si querría estar o no con ella. Sin embargo, todo siguió de la misma forma, incluso hasta el día de hoy.
Yo no puedo quejarme: con Sara no necesito esforzarme, ni ella conmigo.  Incluso, a veces la quiero.
—Hola, ¿está Sara? Sí, la espero… ¡Hola! Soy yo. Quería saber si puedo pasar, si vas a estar…
Esa fue la primera vez que fui a su casa. Llevé un ramo de flores silvestres como gesto de reconciliación. Su madre, a quien veía por primera vez, me atendió en una bata de gaza semitransparente. Parecía contrariada con mi presencia. Me escoltó hasta la habitación apurándome por la espalda y, al abrir la puerta de su cuarto, dijo despectivamente: «Ahí está ella».
Además de dibujar, Sara pintaba. Era desordenada y terminaba toda salpicada de acrílico, pero cada centímetro del lienzo estaba pintado con deliberación. Cuando la interrumpí, estaba trabajando en un cuadro de un barco titánico construido con engranajes, tubos y bombas de vapor. Nevaba, y las motas blancas se derretían en las muescas de los engranajes. Nunca había visto de cerca una pintura con tanto detalle. Sentí una extraña sensación en el estómago que no pude reconocer en ese momento pero que identifiqué más tarde: envidia. ¿Cómo una persona tan insulsa como Sara podía portar un talento semejante?
—Hola, Sara —saludé.
—Están lindas las flores —dijo con un tono mecánico, me dio un beso en la mejilla y volvió a la pintura.
A pesar de que nos reconciliamos, Sara y yo nos vimos poco en los meses siguientes. Fueron citas cortas, en lugares públicos y concurridos. Ni Sara ni yo queríamos más. Con unos breves encuentros de compromiso manteníamos la relación andando.
Me llamó un día para decirme que expondría las pinturas steampunk en un museo, y que podría invitar a mis amigos también, pero le dije que no tenía tiempo y me apuré en colgar. No sé por qué lo hice. Me hubiera encantado ver sus pinturas. Intenté llamarla pero dio ocupado y luego desistí. Busqué las pinturas por internet, pero no hallé nada.
Desde entonces no sé casi nada de Sara. A veces la encuentro en el chat, pero las conversaciones no fluyen.
«OshiX: seguimos siendo novios?».
«VerdeIAzul: no se».
«OshiX: qué decis?».
«VerdeIAzul: esta bien».
«OshiX: seguro?».
«VerdeIAzul: si».
Lo último que supe de Sara es que ahora su estética es cyberpunk.
«OshiX: los cambios son buenos».
«VerdeIAzul: los cambios, si».
Desde el martes que no se conecta.
Creo que extraño a Sara más de lo que estoy dispuesto a admitir. También creo que estoy dispuesto a querer a Sara de verdad, si es que seguimos siendo novios.
Me pregunto qué estará haciendo en este momento.

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