martes, 27 de agosto de 2019

Dios-planta: un ensayo sobre la ansiedad.


Botanical Fleur 8' x 118" 6 Piece Wall Mural Set


Si tuviéramos que caracterizar a la contemporaneidad, al presente inmediato, diríamos que ocurre en dos planos: el físico y el virtual. El primero, específico del espacio, de la gravedad y el cuerpo, cuyo peso cargamos como Sísifo acarrea la roca; el segundo, de la inmaterialidad, el de la carencia de las imposibilidades y la homogeneización. A diario abandonamos la primer realidad para instalarnos en la segunda, dejamos el cuerpo al cuidado de una silla ergonómica y nuestros ojos se funden en la pantalla, que pasa a ser una forma omnisciente de visión a la que extrañamos cuando estamos de vuelta en la carne.
La Era de la Información paulatinamente fue adocenando las capacidades cognitivas más elementales como la atención y la memoria; el individuo ya desconoce los méritos de una dieta sensorial balanceada y consume bulímicamente a través del binge-watching, por medio de los algoritmos que adivinan nuestro propio deseo y lo vuelven perverso, inagotable —«Si te gustó esto, comprá esto otro»—. Esta voracidad transforma los cerebros en órganos incapaces de mantenerse fuera de la virtualidad, de enfrentarse al crudo de la materialidad, donde el deseo no es inmediato.
Por otra parte, bajo las nociones de la vida plena, la eficacia se transformó en el valor ulterior. La libertad que se promueve ahora es una libertad que debe ser eficaz. Nos enseñan a vivir mejor, a vivir más, a motivarnos, a contar las calorías y tomar tantos litros de agua por día. Cada una de las ciencias de la conducta y las neurociencias justifican las elecciones que hemos de tomar: veinte minutos de meditación diaria para reemplazar dos horas de siesta; una mascota para reducir el nivel de estrés. En el paradigma de lo cuantificable, ¿quién se podría oponer a lo estrictamente correcto? Aun así somos incapaces de recordar la extensa receta médica que seguimos a diario; pero eso no es un problema: la alarma del celular lo anuncia. Procedemos entonces a tomar las vitaminas, hacer los estiramientos; curamos el cuerpo y nos vaciamos luego en internet.
Desde su origen la humanidad ha proyectado en la naturaleza sus más grandes miedos, todos sus esfuerzos fueron para domeñarla y obtener algo a favor. Se constituyeron sistemas gregarios de defensa y producción de alimentos, y con el tiempo el éxito de su conquista llevo al ser humano, siguiendo a William Blake,  a criar pestilencia: el deseo pérfido de consumir en sí mismo es una perversión, el inescapable espiral al que estamos sometidos. La naturaleza pasó de ser la mayor fuente de miedos a una molestia, la maleza que crece en la grieta de cemento. En nuestra compulsión de escape, creamos la segunda realidad, en la que somos livianos, anónimos y eternos.
Pero los grandes pensadores, los verdaderos iluminados, cuyos cerebros no estaban infectados de publicidad, dirigían su mirada a la naturaleza. El Ermenonville fue el primer jardín europeo creado con intenciones filosóficas. En esos campos de flores y árboles copiosos los filósofos descansaban de la compañía humana y vagaban como también lo hacían en su mente. Como dice Beruete (Verdolatría, 2018): «Pasearse por el jardín ya no significa únicamente estirar las piernas y oxigenar los pulmones sino también observar y actuar, interrogarse a uno mismo y entablar un diálogo con el paisaje». Este estado de atención relajada que solo proporciona el contacto con la naturaleza, de observación y curiosidad, de oyente,  ha constituido el terreno fértil del pensamiento original. En la calma uno mimetiza el cuerpo a la planta, lo vegetaliza, y solo se es, uno está, no escapa.
Hoy se apropia la psicología de una de las prácticas cardinales de muchas culturas orientales: el mindfulness. Habitar el presente en tiempos de futuro es una tarea ardua. Y si nos recetan la meditación es con un fin: relajar y funcionar mejor en el trabajo o en la casa, no enojarse tanto o bajar la ansiedad que me da el tráfico.
Pero la meditación es un fin en sí mismo. No pensar es la verdadera revolución, es salirse del espiral. No producir. Ser vegetal es la contraeducación a la comunicación instantánea y el modelo de producción fordista en el que somos un engranaje. Ir en contra del hipervínculo y el algoritmo de las ofertas es no desear. Remar contracorriente de las memorias que se acortan. Ser el árbol en cuyo tronco los anillos registran la historia completa. El sufrimiento que nos produce el miedo al sufrimiento va a desaparecer. En cuanto volvamos la mirada a la naturaleza vamos a encontrar a Dios, que no promete nada, solo la posibilidad de existir.

miércoles, 19 de junio de 2019

Sueño.



El 23 de mayo del año pasado, mi hermana Mirna fue asaltada por un grupo de hombres al volver del trabajo. Estuvo un mes en el hospital, primero recuperándose de un pulmón perforado y de los hematomas en la parte baja de la espalda que la mantenían postrada a la cama; después, de una neumonía que se contagió de su compañera de cuarto; y por último, de las pesadillas que no la dejaban dormir.
—Si de algo muero, va a ser de sueño —me explicó Mirna, conversando por teléfono.
—Nadie muere de sueño —le contesté, mirando absorto el modo mecánico en que mi mujer colgaba la ropa en la terraza, doblando cada prenda en la soga y sujetándola no con dos sino tres pinzas. Mirna respiraba pausadamente del otro lado de la línea. Antes de que alguno de los dos hablara, se me ocurrió que tal vez sí había gente que se moría de sueño, pero que debía de ser muy extraño —. ¿Las enfermeras te están ayudando con eso?
Mirna suspiró y a través del teléfono se sintió como si me llegara su bocanada de aire.
—Ya no quieren inyectarme. Las pastillas me dejan aturdida pero nada más. El problema no es que no pueda dormir sino que sueño la misma pesadilla todas las noches —Algo en su voz delataba cansancio, como si hubiera tenido que explicar lo de la pesadilla más de una vez.
«Probablemente deba ir a verla», pensé entonces. Fue una declaración que, a pesar de no haberla dicho en voz alta, en mi mente tomó cariz de irrevocable. Si hasta entonces no había ido a visitarla, fue porque mi esposa y yo nos habíamos reconciliado poco antes  y no quería que estuviese separada de mí tanto tiempo. Temía que, una vez de visita en lo de mi hermana, mi esposa tuviera la distancia suficiente para replantearse nuestro matrimonio, aunque en todo ese tiempo no me había dado indicios de pensar algo semejante, y, por lo contrario, demostraba más cariño que antes.
—¿Creés que deba ir? —pregunté.
—No hace falta, estoy bien —contestó Mirna y se apuró en cortar.
—Quiero ir. Dame la dirección del hospital —la interrumpí con una confianza en mi voz que me tomó por sorpresa.
—¡No! —protestó —. Tu mujer te necesita.
—Para visitarte necesito la dirección —repliqué sin escucharla, un poco irritado. Al fin estaba convencido y ahora ella se oponía. Pero en su lugar, creo que tampoco hubiera querido recibir a nadie, ni siquiera a las enfermeras. Imaginarlo hizo que me sintiera triste y apagado, como si por accidente hubiera caído en un pozo —. De verdad quiero verte. Además, tengo unos días libres y siempre quise probar comida de hospital —reí.
Mirna suspiró y colgó con un golpe.
Pero no importaba que ella no quisiera, estaba convencido. Iría a verla.
Sin embargo, mi esposa tampoco estuvo de acuerdo, la había subestimado.
«No es el momento», me dijo con un tono sereno mientras recortaba los hilos sobrantes de un vestido que se estaba haciendo. Yo me quedé en silencio mirando cómo trabajaba con la máquina. Cierta vez me había enseñado a coser parches en pantalones con esa misma máquina, y aunque me había felicitado por lo prolijo que había quedado el parche, poco después, una tarde en la que estaba solo en casa, saqué la máquina e intenté replicarlo pero no tuve éxito. «¡Imbécil!», me gritó, en uno de sus ataques de ira. «Inútil como las mujeres de tu familia».
Esa noche tuvimos una fiesta. Mi esposa usó el vestido que se había hecho con uno anterior, desgastado, de su hermana, y yo me emborraché.
—Estoy borracho —dije en voz alta, y algunas personas se dieron vuelta y me observaron con sonrisas entre amistosas y compasivas. Mi mujer hizo como si no hubiera oído nada, y una de sus amigas la alejó de mí. Al rato regresó y me miró desconcertada. Me había volcado vino sobre la camisa blanca, y hasta que ella no me miró de esa manera, no lo había notado —. No tenemos más camisas blancas —agregué.
No sé por qué usaba el plural cuando se trataba de una pertenencia mía, como una maldición hecha realidad desde el día en que firmé los votos matrimoniales. «Lo mío es tuyo. Lo tuyo es mío».
—Mi hermana se llama Mirna. Hace poco la violaron y no sé quiénes fueron. —Había agarrado a un hombre por el brazo y le estaba sacando conversación, pero alguien nos separó y ya no volví a verlo.
—Se lo contaste con lujo de detalles —me aseguró molesta mi esposa a la mañana siguiente, mientras metía mi ropa en un bolso de mano. Ya había dejado de llorar, pero parecía más triste y avergonzada que antes —. Hasta acá llegamos —sentenció, y aunque me pareció una frase cursi, no se lo dije.
Me sentí poseído por una fuerza maligna que me hacía decir y hacer cosas que solo resultaban en desgracia. A pesar de que sabía que ella no quería tener sexo, un rato después de que terminó con el bolso, la abracé torpemente por la espalda y casi nos caemos adentro del ropero. Accedió a hacerlo cuando la besé en el cuello, y comenzó a tocarme,  pero en cuanto acabamos y separamos un cuerpo del otro, ella se vistió y salió de la casa sin mediar palabra.
No hacía falta que me lo dijera: tenía que irme.
Nuestra relación nunca había sido buena, y eso se debía a que alguno de los dos no podía tener hijos. Quizá por temor o por solidaridad al otro, preferimos dejarlo estar en la duda. Uno de los dos era estéril. Posiblemente ella, aunque también podía ser yo, a pesar de que los hombres de mi familia habían sido todos fértiles.
«Cuando cada uno forme su pareja, lo sabremos. Uno de los dos va a tener un hijo y el otro no», pensaba. Aquella fantasía proposicional me daba cierto placer, una especie adrenalina de apuesta.
—Pueden adoptar —me decía Mirna —. No tienen por qué separarse. A lo mejor los dos son estériles y la desgracia los persigue a ambos.
No había malicia en su voz.
—¡Imposible! —exclamaba yo —. ¡Imposible!
Ella se reía. Cómo extrañaba su risa.
Una noche después de mi separación definitiva, llamé a la casa de Mirna desde un teléfono público pensando encontrar a Darío, su novio, pero, para mi sorpresa, ella fue la que atendió.
—Mirna… quiero verte —exclamé sin darle vueltas al asunto. Unas prostitutas me miraban preocupadas al otro lado de la calle. Una de ellas me sacó una foto con un celular y frunció el ceño viendo la pantalla —. Mirna, creo que estoy empezando a ver cosas.
¿Estás borracho otra vez?  —preguntó con un hilo de voz.
—No estoy borracho —mentí —. ¿Estás sola? Ya mismo voy para allá. ¡Mirna! ¡Contestá! Mi mujer me dejó. Esta vez es para siempre.
Oí un llanto apagado, como si tapara el auricular con una mano.
—¿Estás mejor? ¿Qué hacés en casa, despierta a esta hora?
Apoyé la frente en el vidrio fresco de la cabina y observé como las prostitutas compartían un cigarrillo, mientras oía menguar el llanto de mi hermana.
—Las pesadillas. No me dejan en paz —dijo de pronto.
La prostituta rubia me hizo fuck you con el dedo y se marcharon. Al principio pensé que venían en mi dirección, pero luego parpadeé fuerte y vi que giraban a la derecha y seguían su camino.
—Puedo ir ya mismo… cuelgo y aparezco en la puerta —dije. Las palabras brotaban de mí sin control —. Voy a ir y vamos a pasar la noche despiertos. Podemos hacer como cuando éramos chicos. ¿Te acordás? Hacíamos fogatas cerca del bosque. Puedo ir ya mism…
El tono de fuera de línea me interrumpió. Se había acabado el crédito.
Desde que mi esposa me había dejado definitivamente, estaba viviendo noche a noche en una pensión de prostitutas. Tenía el dinero para pagar algo mejor, tal vez un departamento compartido, pero había dejado el trabajo en la editorial y no estaba buscando uno nuevo, así que escatimaba en todo lo que podía. Si el bullicio y la clandestinidad del lugar acababan cansándome, tenía un manuscrito por el que me ofrecieron  un pago grande en dólares. Pero no me apuraba a traducirlo. Cuando necesitara el dinero, lo haría. Hasta entonces no pensaba ni siquiera en leer el dossier.
Dejé el auricular colgando y salí. Caminé por una calle oscura pensando vagamente en Mirna. Estar borracho me hacía sentir como si mis pensamientos fueran pesados. El rostro de Mirna era el más pesado de todos. Solo con tratar de invocar sus gestos, me sentía fatigado y tenía que detenerme.
Hombres y mujeres salían de la oscuridad como atravesando un telón grueso. Un chico joven se detuvo a hablarme, pero no conseguí seguir el hilo de la conversación y seguí caminando con torpeza, intentando enfocarme en los rostros que flotaban ininterrumpidamente.
Las pesadillas… —dijo Mirna desde algún lado en la oscuridad, pero era una Mirna diferente, que no había oído en mucho tiempo.
Mirna, frente a una pequeña fogata de broza, abrazada a las piernas, el mentón apoyado en las rodillas, mirando entredormida la danza de los insectos que se arrojaban a las llamas.
…no me dejan dormir.
—Estoy llegando —dije sin saber a dónde —. Llego enseguida.
En algún momento tropecé con un perro callejero y me mordió sin saña, solo para advertirme.
Las pesadillas me alejan… —siguió la voz, un poco más adulta.
 Mirna en mis brazos, mientras los dos entrábamos al agua fresca del río. «Ahora, soltate y patalea, ¡así!, como un perrito».
—En un momento, estoy llegando…
Mirna, hundida en la butaca de la peluquería, apretando los ojos mientras la tijera pasaba por su flequillo.
—¿Me escuchás? En un segundo…
Mirna vestida con el uniforme de gimnasia, tirada en la alfombra leyendo.
—… estoy llegando…
Mirna semidesnuda en la hierba, un hombre de cien kilos sentado encima de ella. Otro hombre pateándole la cabeza como si esta fuera a salir rodando. Cinco hombres orinándola, violándola con sus manos y haciéndole tragar los escupitajos.
—… estoy a punto de llegar, ¡resistí!
Durante un tiempo incierto, continué con mi peregrinaje por calles oscuras y terminé en una estación de servicio. Las imágenes se superponían unas a otras. Me metí en el baño y vomité directo en los azulejos. Unas chicas se enojaron y me golpearon hasta que estuve en la calle de vuelta. El perro que me había mordido, me perseguía moviendo la cola, feliz.
La información se arremolinaba en mi mente hasta que en algún punto de la madrugada perdí el conocimiento.
Al día siguiente, amanecí adolorido en el cuarto de la pensión. Lo primero que hice fue llamar a Mirna. Me atendió con su voz suave de siempre, sin embargo, sonaba aún más apagada, como  si me hablara desde adentro de una caja.
—Soñé toda la noche con vos —le dije, aunque no tenía muy claro si había sido un sueño o lo había imaginado despierto.
¿Si? —preguntó, desanimada.
—Sí, íbamos al río y te enseñaba a nadar. —Esperé a que ella dijera algo. Entonces agregué: —. Y pronto, muy pronto, voy a ir a visitarte, es una promesa —agregué.
No hace falta…
—Aunque no haga falta —la interrumpí —. Te lo prometo.
Pero tampoco cumplí con mi palabra esa vez.
En cambio, pasé lo que quedaba del invierno encerrado largas horas en el sucio cuarto de la pensión intentando traducir el manuscrito, pero no lograba concentrarme y terminaba bajando a tomar algo al bar. Cada vez me costaba menos emborracharme, y solía dormirme pensando: «A lo mejor me siento solo y extraño mucho a mi familia: a mi hermana, a mi mujer, a mi madre… por eso es que me emborracho» y el sueño me consumía en aquellos pensamientos fútiles.
El invierno pasó sin que tuviera mucho contacto con Mirna. Me llamó una tarde. O eso creo yo. Nadie hablaba del otro lado. Se oía una respiración grave que llenaba de ruido la línea. Y yo corté.
La última llamada que le hice a Mirna fue una semana antes que la encontraran ahorcada en el pequeño departamento que le alquilaba su ex novio. Su voz se debilitaba con el pasar del tiempo. Empezaba a hablar de cosas sin sentido, pero yo la escuchaba en silencio, con suma atención
Nunca se van —susurró —. Las pesadillas vienen a verme cada noche. Son como un cielo de muchas lunas en una noche frágil. No va a soportarlo. Todas las noches son frágiles, todos los cielos son de lunas. Y brillan fuerte, no me dejan dormir.
—¿Lunas? ¿Son muchas?
Cientos. Miles. Hay una para cada uno. Y nos miran, nos vigilan, nos alumbran.
—¿Cómo es tu luna? —. De alguna manera, la conversación estaba cobrando sentido en mi cuerpo, que se tensaba y enfriaba a medida que hablábamos.
No lo sé… Son cientos. Miles. Millones de ojos en la piel que tengo que cerrar de uno en uno, pero se siguen abriendo
—¿Ojos? ¿Duelen?
No. Solo observan. Y nos ven dormir…
Luego su respiración se acompasó y la oí dormir un rato, hasta que se acabó el crédito de la pensión y dio el tono de fuera de línea.
Mirna se suicidó poco después. Darío llamó a mi casa para avisarme, pero como yo ya no vivía ahí y mi esposa desconocía mi paradero, tardaron un día en decírmelo.
Hicieron un modesto velorio en su nombre. Decoraron el salón con alelíes blancos, aunque nunca supe por qué la elección de aquella flor. Había fotos de su rostro sereno a donde miraras, pero en todas ellas Mirna parecía triste.
Vi a mi esposa entre la gente. Hacia el final de la reunión, me abrazó por la espalda y estuvimos un momento en silencio.
—Lo siento —murmuró.
—Yo también. No se merecía lo que le hicieron —dije —. No mi hermana.
—Nadie se merecería algo así. De verdad, lo siento —contestó ella.
El salón había quedado vacío después de unas horas. Los rostros de Mirna me observaban en conjunto. Un leve aroma floral se había levantado en el aire con el calor. «Espero te haya gustado la despedida», pensé. Arranqué delicadamente una de las flores y salí al pleno día primaveral.
El cielo era cristalino y soplaba un viento cálido. Las mujeres pasaban a mi lado con sus trajes de oficina. Una de ellas me sonrió. Estuve un momento buscando a Mirna entre esas mujeres, pero después me di por vencido. Imaginé que unos hombres salidos de la nada tomaban a una de ellas y la golpeaban como a un saco de boxeo. Lo imaginé mientras esperaba en una esquina a que parara un taxi.
—¿Por qué llorás?  —me preguntó una nena. Se había acercado y me había agarrado de la manga. Tenía el corte de cabello que se solía hacer mi hermana, el flequillo recto encima de las cejas, y una cola de caballo que le dejaba la nuca pelada al aire.
—Estoy triste —dije secándome la cara.
—¿Por qué estás triste? —siguió preguntando desde abajo.
—Porque estoy solo —respondí.
—¿Y por qué estás solo?
Antes de que pudiera contestar, una mujer mayor se acercó furiosa, la agarró de los hombros y se la llevó consigo. La nena me llamó y se volteó a saludarme con una mano. Cuando quise imitar el gesto, la flor de alelí salió despedida de mi mano, voló en remolinos, ascendió y después se perdió en el azul profundo del cielo.

jueves, 13 de diciembre de 2018

La grulla y el jilguero.





Celeste era diez años menor que yo y mucho más talentosa. Nos vimos la primera vez en el supermercado, y después de unos cuántos encuentros casuales, entablamos una conversación. Resultó que ambas nos dedicábamos a la pastelería, aunque mi especialidad era el pastel de bodas y únicamente trabajaba a pedido.
—Siempre se necesitan unas manos de más —me dijo con una sonrisa delicada.
—¿De verdad? —preguntó la versión más calmada de mí misma que pude encontrar —. ¿De verdad?
Estaba cansada de trabajar sola, de no ver ninguna cara en todo el día excepto la del chico lleno de granos que hacía los repartos, con el que intercambiaba un saludo cordial y no mucho más.
Un día, mientras me duchaba, oí la voz de mi esposo muerto. «¿Mariiii?», dijo la voz, como cuando él me llamaba porque sonaba el teléfono y estaba ocupado o porque no encontraba una corbata o un par de medias que combinaba con lo que llevaba puesto.
—¿Qué pasa? —pregunté y me quedé en silencio esperando una respuesta mientras el agua caliente me lavaba la cabeza y el cuerpo.
Ese fue mi límite, mi punto más bajo.
Desde entonces salí más, conocí a Celeste y terminé trabajando para ella. Sucedió de pronto, una cosa detrás de la otra, como una fila de fichas de dominó derrumbándose. Nuestra amistad creció rápidamente, incluso a mí me sorprendió. En la pastelería, siempre se acercaba con la cuchara de madera humeando para que probara las pastas y salsas que había preparado. «Níscaro y limón. Qué curioso», respondía. Intentaba ser lo más honesta posible.
Me invitó a su departamento una noche, una semana después de empezar con el trabajo —me había encargado las decoraciones de azúcar y pasta, además del uso de las mangas—, con el motivo de enseñarme una receta que quería sumar al negocio.  Cuando llegué esa noche, ya había empezado con la preparación del relleno, que no era más que calabaza dulce hervida en azúcar rosa. El pequeño departamento ardía del calor del horno. Celeste me sirvió una copa de vino y rellenó la suya. Tenía las mejillas enrojecidas y los ojos le sonreían a pesar de que no dijéramos nada.
—¿Por qué siempre estás tan linda? —pregunté, y de inmediato perdí la razón de por qué lo hice. Me mordí el interior de las mejillas. Estaba avergonzada y no sabía el motivo. Celeste era una mujer bonita y no tenía nada de malo que una mujer mayor que ella se lo haga saber. Me reí distraída, pero entonces me di cuenta que ella se había sonrojado y había abierto el horno y retirado unos bizcochos húmedos en los que ahora trabajaba enfrascada —. Creo que el relleno va a necesitar un poco más —agregué para cambiar de tema.
Cuando la torta de calabaza estuvo en la heladera, abrimos las ventanas y nos sentamos sudadas a la mesa. Entre las dos nos habíamos acabado la botella. Parecía que el alcohol, en vez de desinhibirla, la volvía más silenciosa y contemplativa. En cambio a mí, el alcohol me había vuelto una máquina de contar intimidades. Entre otras cosas, le había confesado que mi esposo había muerto de un infarto hacía un año y que había oído su voz llamándome días atrás.
—¡Qué triste! —exclamó, y en su voz solo había sinceridad.
—Qué triste… —repetí, pensativa.
 —No creo que haya sido él.
—Ni yo —zanjé.
Esperamos en silencio, afectadas levemente por el alcohol. Abajo pasaban los autos, pero se oían tan cerca que sentí que podía tocarlos estirando un brazo. Celeste abrió la heladera cada cinco minutos hasta que por fin decidió que la torta estaba lista y, allí mismo, la cortó y trajo una porción finita sobre el perfil del cuchillo. Comimos arrancando trozos con los dedos. El tiempo pasaba lento cuando la veía hundir sus uñas rojas en la masa esponjosa, y después, cuando los dedos entraban en la boca. Ambas nos reímos. La calabaza estaba buena, pero demasiado dulce, aunque solo le dije que me gustaba.  Al terminar la torta, nos miramos y Celeste pareció haber recuperado el semblante.
—Mañana voy a intentar replicarla —le dije más tarde, ayudándola a fregar y secar los moldes.
Respondió con un sencillo «Gracias» y sonrió sin mirarme. Me despidió en la puerta y no entró hasta que bajé las escaleras a la calle. En la vuelta, tomé un atajo que cruzaba perpendicularmente una fila de patios pequeños. Vi a una mujer tendiendo las sábanas y me pregunté qué la llevaba a estar haciendo la colada a esa hora de la noche. Se me ocurrió que su hijo se pudo haber hecho pis y ella había sacado las sábanas para que su marido no sintiera el olor. Me había imaginado la escena mientras volvía a casa, y en cuanto llegué me embargo un sentimiento fatalista de soledad.
Volví a pensar en Celeste mientras me cambiaba de ropa, y después cuando intentaba conciliar el sueño. Repasé mentalmente nuestra conversación. No podía detener el flujo de pensamientos a pesar de que el alcohol y el aire frío de la noche me habían adormilado. «¡Qué triste!», decía la voz de Celeste en la oscuridad de mi cuarto.
Tal vez por lástima a verme tan sola, ella me invitó a su departamento a menudo. Resultó que no solo era una excelente pastelera, sino también una cocinera estupenda. Entre otras comidas, me preparó pan de carne, curry de tofu con batatas, estofado de cordero, amorellis de zanahoria, corvina con salsa romesco y espárragos, sopa zoni y bisque de langostinos.
Yo la veía fascinada luchar con varias sartenes a la vez. Las ventanas terminaban empañadas por el vaho del horno, y el aroma de las especias y las vinagretas se me metía debajo de la piel.
—Comé bien —me decía cada vez que dejaba un plato en la mesa.
Celeste se refería a mí como «la comensal preferida». Durante las comidas  hablaba poco y se limitaba a observarme comer. Respondía amablemente si le hacía una pregunta, pero nunca alargaba el hilo de la conversación. En su mirada no había espera ni regocijo.  Celeste se transformaba en un jilguero que me miraba con ojos tristes desde una rama alta.
—Está exquisito —le dije una noche, mientras partía una gamba y la mojaba en salsa de soja —. Nunca probé un sabor como este, dulce y picante.
Ella hizo una reverencia tímida y me acercó el plato para que tomara otra. La carne de las gambas se deshacía en mi boca. Entonces tuve un momento de enajenación, como si me viera desde afuera, sentada en la mesa, siendo alimentada como una nena. Me quité aquel pensamiento de la cabeza y entonces volví a pensar en nuestro primer encuentro, en el estacionamiento de un Walmart.
—La primera vez que te vi ibas metida en un impermeable enorme. Vos no me viste a mí. Tenías una bicicleta. ¿Dónde quedó esa bicicleta? —le pregunté.
Celeste iba caminando al trabajo todos los días. No lo había notado hasta ese momento.
—Es de Pedro, mi novio. —Hizo una pausa y a continuación agregó: —. Ya no es mi novio.
Decidí no preguntar al respecto. Celeste parecía tan frágil que temía romperla con una pregunta equivocada. Aun así, había despertado mi curiosidad. Terminé las gambas y luego la ayudé a limpiar la cocina. Volví a casa pensando en cómo sería Pedro. No podía sacármelo de la cabeza. Imaginé un chico de su edad, alto, de manos grandes y suaves, un hombre de una belleza modesta como la suya, introvertido pero amable. Después intenté imaginarme a los dos peleándose, pero no pude. Me pregunté cómo habrían terminado.
Esa noche, me metí en la cama con las luces apagadas. Sin saber cómo llegué hasta ahí, me encontré pensando en Celeste y Pedro —el que yo había creado en mi mente— haciendo el amor. Supuse que era un sexo tierno y metódico. Así era el que tenía con mi esposo. Ninguno de los dos lo disfrutábamos demasiado, y sin embargo, lo hacíamos con regularidad como una demostración de afecto. Era la única manera en la que conseguíamos ser cariñosos el uno con el otro. En cambio, en mi mente, Celeste y Pedro tenían sexo por deseo. No solo se amaban, sino que además querían darse placer. Era una necesidad que incrementaba a medida que lo hacían. Y también incrementaba en mí mientras lo imaginaba acostada en la cama, como si yo fuera parte de la pareja.
De pronto, por segunda vez en la noche, volví a sentirme fuera de mi cuerpo. La imagen de mí misma con una mano dentro del pantalón me sacó de la cama de un salto. «Qué ridícula», pensé. Encendí la luz y me metí en el baño. Me lavé las manos por un largo rato y me senté desnuda en el inodoro. Imaginé el fantasma de mi marido frente a la cama y repetí: «¡Qué ridícula, qué ridícula!». Antes de volver al cuarto, me lavé las manos de nuevo y me observé en el espejo, que solo llegaba hasta la cintura. Estaba excedida de peso, mis axilas habían quedado oscuras de afeitarlas mal y me estaban empezando a salir unas estrías blanquísimas en los pechos. «Esto es porque como demasiado», pensé. «Porque como demasiado y porque me veo poco en el espejo».
Esa noche dormí con la luz prendida, invadida por un repentino temor a que el fantasma de mi esposo apareciera y me atormentara por mis pensamientos inmaduros.
Algo había cambiado en mí esa noche.
Celeste siguió invitándome a cenar, pero rechacé cada una de sus ofertas.
—Está bien —decía, sin más.
En el negocio la veía poco, ella se encargaba de la atención a los clientes y los repartos. La cocina había quedado a cargo de Eric, un chico de diecinueve años con un talento preternatural, y de mí, que seguía haciendo las decoraciones y otras tareas de poco riesgo. Llegué a pensar que solo estaba ahí porque le caía bien a Celeste. Pero no podía dejar que eso me molestara: volver a trabajar sola se me hacía imposible. Con el tiempo, había empezado a dudar de mis habilidades y pensé que tal vez mi sustentabilidad con los pasteles de boda se había debido a que cobraba poco y tenía clientes conformistas. Lo mismo sucedió con los quehaceres de la casa. De un día para el otro, dejé de preocuparme por cómo vivía, y solo hice lo absolutamente necesario, como tener una muda de ropa y el delantal limpio y la comida para ese día en la heladera.
Con más tiempo libre, empecé a salir a caminar a diario. Me ponía mi único conjunto de jogging de algodón y, si hacía mucho frío, una mangas larga debajo. Recuerdo un día verme en el vidrio de un local de electrodomésticos y no reconocerme. Vestida así, parecía un hombre. Pero no me importó; al contrario, sentí un placer diferente al que nunca había sentido jamás. Pensé brevemente en mudarme a otro lado, recomenzar mi vida, incluso llamarme de otra manera, tener una personalidad diferente y un trabajo nuevo. Contemplé la idea sentada en un banco junto a un perro callejero que dormía sin saber que yo estaba ahí, pero decidí que mejor no probaba a la suerte, si yo no era buena en nada.
A pesar de mi temor, decidí renunciar al trabajo una mañana. Fue por medio de una llamada telefónica. «Ah, de acuerdo, se lo comunico», me contestó Eric, sin el menor interés en saber por qué. Colgué y cerré los ojos. La luz entraba por la claraboya justo sobre mí. No sabía lo que iba a hacer, pero no me preocupaba. En la cuenta bancaria tenía el dinero que había cobrado por el seguro de vida de mi esposo. Si lo administraba bien, podía alcanzarme para dos o tres años, tiempo suficiente para tomar una decisión respecto a mi futuro.
Durante unos meses, recolecté folletos de diferentes destinos turísticos, y a veces, cuando estaba aburrida, jugaba a que tenía que elegir el lugar de mis próximas vacaciones, aunque siempre acababa escogiendo Roma. «¿A dónde hubiera ido él?», me preguntaba, pero después recordaba que mi esposo hubiera estado de acuerdo con cualquier opción. Y yo también. Quizás por eso nunca habíamos viajado muy lejos.
Los días pasaban uno tras otro sin distinción. Para romper la monotonía iba al cine, pero como nunca entendía las películas, dejé de ir y preferí quedarme en casa mirando programas de televisión que no me exigieran demasiado.
En mucho tiempo, había logrado mantener a Celeste fuera de mi cabeza. Se había convertido en un fantasma tal y como era mi esposo. Antes de renunciar al trabajo, creí haber escuchado que ella había vuelto con Pedro, pero no estaba segura. A pesar de no saber por qué, me sentí aliviada. «No va a estar más sola», pensé.
Sin embargo, una tarde de invierno en la que nevaba, Celeste apareció en la puerta de mi casa. Tenía el pelo empapado y tiritaba de frío. Se veía diferente, más delgada quizás. Se le notaba en la cara.
—¿Por qué? —preguntó sin antes decir nada.
—¿Por qué? —repetí, confundida y asustada. Nunca había visto tanta determinación en sus ojos —. No te entiendo.
—¿Es que no te gustaba mi comida? —Y agregó: —. ¿Te molestaba estar conmigo?
Mi primera reacción fue reírme, pero al ver que ella se mantenía en silencio, agaché la cabeza. Entonces sentí que debía retroceder y cerrar la puerta, y así lo hice. De lo contrario me hubiera desmayado, o muerto, o algo peor. «¿Por qué? ¿Es que no te gustaba mi comida?», continué escuchando en mi mente. Celeste seguía de pie afuera.
—¡Andate! —grité, repentinamente molesta.
—¡Te necesito!  —gritó ella en respuesta.
—¡No! ¡Es mentira!
—¡No te gustaba mi comida! —exclamó, ahora aseverándolo —. ¡No te gustaba mi comida!
—¡Andate, andate, andate! —grité yo una y otra vez, hasta que ya no pude más.
Entonces hubo silencio de su parte.
Abrí la puerta y ella ya no estaba. No había nadie en la calle. La nieve se acumulaba silenciosamente en todas partes. Las huellas que había dejado en los escalones se aguaban y desaparecían.
—Celeste —dije en voz alta, y lo repetí: —. Celeste, ¿estás ahí?
—¡No! —respondió.
Celeste se escondía detrás de un árbol
—Celeste, entremos, por favor.
Esperé un momento, y como no hubo respuesta, bajé a buscarla. La encontré abrazada a sus rodillas, hecha una bolita, y al verme extendió una mano y algunos copos de nieve se adhirieron en su palma abierta. Celeste daba la impresión de un pájaro caído al que se debía cobijar. Le tomé la mano, la ayudé a levantarse y entramos atravesando la fina brisa de nieve.
—Perdón… —dijo ella en un murmullo, mientras se sacaba las botas y las dejaba sobre la alfombra.
Yo fingí no haberla oído.
—No tengo mucho en la heladera —dije, y comencé a sacudirle la nieve de la cabeza —, pero creo que va a alcanzar para una sopa de brócoli, si es que te gusta.
—¿Sopa de brócoli?
Asentí y se le iluminaron los ojos.
—Está bien —dijo.
—¿Sabías que te pareces a un pájaro cuando me mirás así? —pregunté.
Ella rió.
—¿A cuál pájaro?
—Un jilguero tal vez.
—Pero… no me gustan los jilgueros.
—Este es el más hermoso que haya visto —dije —. Además los jilgueros son bonitos.
Celeste hizo una reverencia tímida y se quedó quieta mientras le sacaba el abrigo y lo colgaba en un perchero.
—También te parecés a un pájaro —dijo de pronto —. Te parecés a una grulla.
—¿De verdad? —pregunté riendo, todavía con el tacto de su piel fría en mis dedos.
—Sí. Una grulla que está a punto de alzar vuelo.
—¿Y adónde va esa grulla?
—Eso no lo sé —dijo y encogió los hombros —. Ni yo ni ella.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Heridas en la carne




Decidí hospedarme en el mismo hotel que habíamos visitado con Nina la última vez que estuvimos juntos de vacaciones. Ella empezaba a hacerse conocida escribiendo libros de cocina vegetariana. Además, había firmado contrato con un canal de cable pequeño cuyo público en general eran madres y mujeres jóvenes.
—Es por la plata. La televisión no me interesa —me dijo Nina en el patio de aquel mismo hotel, unos meses atrás.
Algunos patos se acercaban cautelosamente y los alimentábamos con aceitunas, aunque había un cartel a unos pocos metros que lo prohibía.
—No necesitamos más plata. Estamos bien —respondí entonces.
—¿Sí?
—Estamos bien. No necesitamos más —sentencié.
Pero los llamados de los productores ejecutivos no pararon. Discutían horarios, asistentes, trivialidades como el vestuario y el maquillaje. Nina me sonreía en complicidad y hacía gestos  de estar cansada mientras conversaba con ellos. Yo le seguía la corriente, pero en mi interior se asentaba un sentimiento amargo, de irritación y tal vez de temor.
Las conversaciones se prolongaron con el correr de los días. Nina se pasaba la hora del almuerzo encerrada en el cuarto, y yo a veces le llevaba la comida y la encontraba pegada al teléfono, todavía en su conjunto de piyama amarillo, y entonces le dejaba la bandeja en el piso y me iba sin intercambiar una palabra.
—¿Estás segura de que querés hacerlo? —le pregunté una noche a orillas del lago.
Minutos antes habíamos vagado por un bosquecito de abedules hasta encontrar el camino de entrada al lago. Nina había señalado sorprendida una ardilla que se movía como un flashazo de un árbol a otro, y yo la había abrazado por la espalda y había sentido que no llevaba corpiño. Ella se había reído como una adolescente.
—No es algo que pueda rechazar. Es la única manera de asegurarme que sigan publicando mis libros de cocina.
—Podés escribir sobre otras cosas.
—¿Y mis libros de cocina, qué? —rió.
—Tus libros de cocina los puedo leer yo. —Me eché sobre ella sonriendo.
No sé qué me llevó a repetir el hotel unos meses después de haber terminado con Nina. Tal vez fue un intento por entender cómo había sucedido. Será ese el motivo por el que volví.
El hotel estaba casi vacío en esta segunda visita. Habían anunciado la llegada del monzón en las próximas horas. El recepcionista me esperaba para recibirme, visiblemente ansioso por las circunstancias. Para mi inconveniencia, me dio la llave de la habitación equivocada.
—Oh, disculpe —dijo frunciendo los labios —. Esa habitación está tomada, cierto.
Perder la habitación en la que nos habíamos hospedado Nina y yo, me había desanimado al principio, pero resultó que todos los cuartos de ese piso eran idénticos y eso me reconfortó de alguna manera.
—Entonces deme la habitación contigua, por favor —indiqué con apuro.
Apenas conseguí entrar al cuarto, encendí la televisión.
El programa había comenzado hacía media hora. Me costó descifrar qué estaban preparando, pero entonces apareció anotado debajo: ensalada de pasta con berenjenas fritas y un cake semidulce de zanahoria y almendras —estaban reutilizando la receta del cake de banana, eso no era buena señal para el programa—. Las asistentes iban de un lado para el otro con sus sonrisas plásticas, alcanzándole a Nina los utensilios que pidiera. Tenía que reconocer que en ese mes y medio, Nina había mejorado bastante. Se desenvolvía mejor, incluso se parecía más a la mujer que yo había conocido. «Es preciosa», pensé. Llevaba un delantal rosa pálido y un ridículo sombrero de chef haciendo juego. Tuve el impulso de levantar el teléfono al lado de la cama y llamarla, pero nada había cambiado desde la última vez, y no estaba seguro de poder soportar otro rechazo.
Al terminar el programa, me di una ducha fría para borrarme su imagen de la cabeza y bajé con mi paraguas. Unos cinco estudiantes de inglés tomaban cervezas y leían en voz alta.
—¡No creo que vaya a servirle! —advirtió el recepcionista desde atrás de la barra.
—¿El qué? —pregunté confundido.
—Lo que lleva en las manos.
—Ah, claro.
Lo saludé con la punta del paraguas y salí. Las nubes bajas de tormenta se amontonaban sobre el lago como un ceño fruncido. Caminé a través de una hilera de negocios artesanales cerrados y, cuando por fin hallé la librería, la mujer que atendía me dejó pasar con la condición de que escogiera un libro sin demorarme.
—Mirá, tus benditas enciclopedias de animales —me había señalado Nina en aquella misma librería.
Se había puesto en puntas de pie y había tomado la enciclopedia de aves en tapas duras.
—No sé cómo lo vamos a hacer entrar en la valija, pero te lo compro.
Luego habíamos subido a un bote  y habíamos llevado el libro con nosotros. El juego fue idea suya: si determinábamos la especie de un ave, cortábamos la página, la hacíamos un bollito y la tirábamos al agua. Solo logramos reconocer unos patos africanos, pero nuestro fracaso no nos había desanimado. Después nos habíamos quedado en ropa interior, nos habíamos arrellanado en el bote y habíamos tomado sol mientras el agua nos movía de un lado para el otro.
«Qué torpe fui», pensé mientras la mujer que atendía la librería me cobraba la novela de bolsillo que había elegido. «Perder todo eso… ¿cómo fue que pasó?».
Volví al hotel con el paraguas abierto a pesar de que no cayó una gota. Los estudiantes habían cerrado y apilado los libros y ahora solo tomaban cerveza. Pensé en pedirle al recepcionista que me pidiera un taxi y volver a casa, pero ya había acordado que cuidaran al gato y no tenía excusas para una llegada repentina.
Subí al cuarto y esperé en la cama a que nos alcanzará la lluvia, pero terminé durmiéndome. Me despertó el viento unas horas después. Al parecer el monzón se había retrasado y al final llegó de noche.
En los días siguientes, los huéspedes cenamos todos juntos a la luz de las velas y, cada mañana, el grupo de estudiantes de inglés y una mujer recogieron las tejas desperdigadas por el viento mientras yo los observaba por la ventana. De alguna forma, durante ese fin de semana, no tuve tiempo de leer el libro que había comprado. Me sentía desganado, y sin saber por qué, irritado. ¿Sería porque me estaba perdiendo la repetición de las recetas más solicitadas del programa de Nina? Sí, era eso.
Pedí que me despacharan apenas el taxi se pudo acercar.
La mañana en la que me marchaba, mientras cargaba mi valija en el maletero, vi a un pato malherido y despeinado cruzando el jardín del hotel. «Pobrecito», pensé. Lo perseguí y lo tomé. Graznó un poco, pero no se resistió. Era pequeño, no tanto como para ser un pichón, pero tampoco tan grande como para ser un adulto.
Lo llevé dentro y lo coloqué en la barra del recepcionista. El pato abrió sus alas insospechadamente grandes y se sentó sobre las patas, quieto. El recepcionista lo miró divertido.
—Acá no se permiten animales —explicó con una sonrisa.
—Es un pato africano. Necesita ayuda. Se puede haber cortado con una teja. Está herido, ¿ve? Hay sangre en las plumas.
Le mostré mis manos manchadas y el recepcionista me ofreció un pañuelo de papel.
—Nada de animales, señor —dijo y observó de cerca las heridas.
—Si no lo cura, se van a infectar.
—No puedo hacer nada, señor.
—¿Ni si quiera por el bien del animal?
—Es solo un pato —rió —.  Anoche cenamos pato, usted comió la cena, ¿no?
Lo miré sorprendido.
—Nadie me dijo que la carne era de pato —repliqué.
El recepcionista se disculpó repentinamente apenado, y me ofreció otro pañuelo. No lo tomé.
Terminé de quitarme la sangre con el primer papel y salí con el animal debajo del brazo. Miré a los lados y no encontré a nadie.
Dejé al pato en el suelo, donde lo había encontrado. Entonces me invadió una profunda tristeza que era incapaz de poner en palabras. Sentí pena de mí mismo ante los ojitos negros del pequeño pato. «Perdón», le dije en voz baja. «Perdón».
Después me subí al taxi y, asomado por la ventilla, vi a aquel pato alejarse.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Mi novia Sara





—Lo mío es la estética steampunk —me explicó.
Yo sostenía la servilleta con el dibujo fingiendo observarlo con detenimiento. Había dibujado un dirigible rompiendo con su punta ovalada una nube que parecía de caramelo. Sara me miraba con la cara vacía de siempre y las yemas manchadas de tinta ensuciando el mantel.
—No sabía que dibujaras.
Ella puso una sonrisa tímida y se agachó en reverencia. Nunca había hecho algo así. Quiero decir, nunca había sonreído de esa manera. Todo lo que sentía por ella, el desprecio, la apatía de tener que ser su novio, se transformó, de repente, debido a ese diminuto gesto, en culpa.
Me di cuenta entonces de que sentía mal estando a su lado. Sara era una buena chica de la que no conocía nada en realidad.
Pensé: «Si no la quiero, ¿para qué estoy con ella?».
O puede ser que sí la quería y lo estaba descubriendo en ese mismo instante. Quería a Sara, mi novia. Me convencí de ello. Pensé: «debo tratarla mejor». ¿Cuándo era su cumpleaños? La llevaría a elegir un perfume. Sara no usaba perfumes, no que yo supiera, pero podía gustarle.
—¿Un perfume te gustaría? —le pregunté.
—Me gustaría —respondió.
Pero no recuerdo haberle regalado un perfume al final, ni que me lo haya reclamado. Y en algún momento debió de desaparecer la culpa de no quererla, porque intenté dejarla esa misma primavera.
—No quiero que nos volvamos a encontrar —le anuncié por teléfono.
Hubo silencio del otro lado.
—¿Por qué? —dijo a continuación.
—Por tu edad. Soy joven para salir con alguien de tu edad.
Otro momento de silencio.
—Ah —dijo.
Y colgué.
La verdad es que Sara es demasiado grande para mí. Tiene 32 años y todavía vive con su madre, que parece más joven que ella. En el chat, conocí a Sara como «VerdeIAzul». Al principio teníamos conversaciones esporádicas y sin contenido. Era distante, descuidada, pero siempre seguía el hilo de lo que hablábamos.  En cuanto me confesó su edad —se había presentado como una chica de diecisiete—, pensé que la frialdad con la que me trataba iría a cambiar, que se debía a que el secreto la hacía dudar de si querría estar o no con ella. Sin embargo, todo siguió de la misma forma, incluso hasta el día de hoy.
Yo no puedo quejarme: con Sara no necesito esforzarme, ni ella conmigo.  Incluso, a veces la quiero.
—Hola, ¿está Sara? Sí, la espero… ¡Hola! Soy yo. Quería saber si puedo pasar, si vas a estar…
Esa fue la primera vez que fui a su casa. Llevé un ramo de flores silvestres como gesto de reconciliación. Su madre, a quien veía por primera vez, me atendió en una bata de gaza semitransparente. Parecía contrariada con mi presencia. Me escoltó hasta la habitación apurándome por la espalda y, al abrir la puerta de su cuarto, dijo despectivamente: «Ahí está ella».
Además de dibujar, Sara pintaba. Era desordenada y terminaba toda salpicada de acrílico, pero cada centímetro del lienzo estaba pintado con deliberación. Cuando la interrumpí, estaba trabajando en un cuadro de un barco titánico construido con engranajes, tubos y bombas de vapor. Nevaba, y las motas blancas se derretían en las muescas de los engranajes. Nunca había visto de cerca una pintura con tanto detalle. Sentí una extraña sensación en el estómago que no pude reconocer en ese momento pero que identifiqué más tarde: envidia. ¿Cómo una persona tan insulsa como Sara podía portar un talento semejante?
—Hola, Sara —saludé.
—Están lindas las flores —dijo con un tono mecánico, me dio un beso en la mejilla y volvió a la pintura.
A pesar de que nos reconciliamos, Sara y yo nos vimos poco en los meses siguientes. Fueron citas cortas, en lugares públicos y concurridos. Ni Sara ni yo queríamos más. Con unos breves encuentros de compromiso manteníamos la relación andando.
Me llamó un día para decirme que expondría las pinturas steampunk en un museo, y que podría invitar a mis amigos también, pero le dije que no tenía tiempo y me apuré en colgar. No sé por qué lo hice. Me hubiera encantado ver sus pinturas. Intenté llamarla pero dio ocupado y luego desistí. Busqué las pinturas por internet, pero no hallé nada.
Desde entonces no sé casi nada de Sara. A veces la encuentro en el chat, pero las conversaciones no fluyen.
«OshiX: seguimos siendo novios?».
«VerdeIAzul: no se».
«OshiX: qué decis?».
«VerdeIAzul: esta bien».
«OshiX: seguro?».
«VerdeIAzul: si».
Lo último que supe de Sara es que ahora su estética es cyberpunk.
«OshiX: los cambios son buenos».
«VerdeIAzul: los cambios, si».
Desde el martes que no se conecta.
Creo que extraño a Sara más de lo que estoy dispuesto a admitir. También creo que estoy dispuesto a querer a Sara de verdad, si es que seguimos siendo novios.
Me pregunto qué estará haciendo en este momento.