lunes, 24 de febrero de 2020

Análisis de Parasite



La libertad perfecta sería morir víctima de los cuatro elementos. 
- Sexual Personae, Camille Paglia




El padre de familia pobre aplasta al insecto que amenaza con contaminar su comida.
La acción es un presagio de su propio destino, el del homicidio. La película está escrita en clave de tragedia: la hamartia de la familia pobre es tener un plan. Tienen un plan de ascenso social, por lo que buscan escapar de la marginalidad, límite donde el ser humano combate la plaga con sus manos, donde sobrevive devorando al más débil y huyendo del depredador más grande.
El pobre está inmerso en la cara oscura de la naturaleza: lo podrido se extiende y coloniza. El parásito dentro del parásito.


Kim-woo, el hijo de la familia pobre, asciende de clase social. Pero no es solo un ascenso literal, de un lugar más bajo a uno más alto, subir escaleras (lo que parecen analizar todos), sino que además es el ascenso del alma a la que se le abren las puertas del Paraíso.
El humano, desde mucho antes del cristianismo, representa ese lugar utópico de pura felicidad y placer asexuado con jardines, quizá como símbolo de naturaleza domesticada, de civilización. El Edén es de repente accesible para Kim-Woo. Cuando sube las escaleras, vemos por primera vez en la película la luz del sol. Incluso vemos el sol, el astro, como representación absoluta de Dios. Dios está ahí más que en ningún lado.
El culto a los dioses celestiales se traslada al culto al capitalismo. Dios sigue existiendo en las formas del progreso, pero siempre fue el mismo. Los aristócratas recrean en sus mansiones esas imágenes divinas del Edén al que el resto mira desde afuera.
El viaje de Kim-woo es la conquista del hombre que se civiliza.



La línea acá es un borde, pero también un espejo.
La composición de la toma es dispareja, a la izquierda tenemos a la ama de llaves y al hijo de la familia pobre: la clase trabajadora; a la derecha, al empleador. Dos tercios están ocupados por la clase trabajadora, que va llenando el espacio, que es multitud. A veces una familia de clase alta tiene más empleados que miembros de la familia. Los ricos siempre fueron y serán pocos, menos. La riqueza tiende a acumularse en un 1% de la población. Los que menos tienen son multitud, la masa viva que arrastra la maquinaria social atravesando con el cuerpo. La línea en este plano es una raya fraccionaria: 1/3. A su vez, en una interpretación literal, es un borde que no debe cruzarse, pero que se cruza. En la escena, la ama de llaves despierta con un aplauso a la patrona, y al hacerlo cruza la línea.
En un segundo nivel, la línea es un espejo. Por un lado, la patrona representa a la feminidad victoriana: la damisela aburrida en el verdal, la que se impresiona y desmaya, la criatura frágil, pálida y delgada. Por el otro, la ama de llaves es vigorosa, robusta, dictatorial, lleva el orden de la casa, mujer de clase trabajadora. Es un espejo porque no se entienden, pero se miran, se toleran, buscan verse en el otro para aceptar las diferencias.

Parasite es un thriller en primer lugar, porque toma el miedo al traspaso a la propiedad privada y lo dramatiza en una historia de suspenso. Acá los empleados la ven dormir. Y aunque la escena tenga un tono de humor, el subtexto es claramente de suspenso: Ki-woo es una presencia que observa, es el depredador, y la familia rica es la presa. Acá no se aceptan maniqueismos. Las clases sociales son un artefacto que le da estructura a la película, le da un tema: el miedo a los pobres.





Acá sigue el concepto de la línea, pero esta vez es psicológica.
Ki-jung, en su farsa de maestra de arte, Jessica, convence a la madre del niño de que su hijo está reprimiendo un trauma sucedido hace unos años, y que ese terror contenido es visible a través de los cuadros que pinta. La cámara se traslada de la izquierda hacia la derecha, cruzando la cabeza de la farsante. Es un movimiento dramático que simboliza un giro en los acontecimientos, pero que también funciona como representación visual del carácter psicológico de la situación. La toma de la madre del niño cambia del perfil izquierdo al derecho, como reflejando la diferencia entre ambos hemisferios cerebrales: la parte racional y la parte irracional. Jessica, una pitonisa moderna, logra hipnotizar a la ingenua ama de casa, accede a su mayor miedo, hunde un pie en el agua. La línea que protegía a la madre del niño ha sido cruzada. La farsante accedió al hemisferio derecho. La parasitó.





La casa es la psiquis. Cualquier traspaso de límites es una violación. El arquitecto que la construyó, exiliado a Paris, creó un compartimento en el sótano, en el lugar más profundo de la casa: aún más abajo, a través de una serie de pasillos empinados, hay un búnker. Claramente, el límite no es definitivo. Debajo de las tablas respiran los parásitos.
El búnker es el inconsciente, la habitación anegada. Las construcciones apolíneas —es decir, las grandes obras de la arquitectura— imitan las dinámicas psíquicas sobre las que Freud teorizó. Hacia el final de la película, Kim-Woo observa el jardín desde una de las habitaciones más altas: la visión es panorámica; el personaje se encuentra en una encrucijada moral. Arriba, vigilante, un faro, un mirador: el superyó.
Pero lo que no se puede observar en lo que está bajo tierra. Incluso en la mansión de la familia rica acechan las fuerzas corruptas e indomeñables de la naturaleza. Desde el fondo, el parásito envía señales de vida: las luces parpadean en código Morse. Es el inconsciente sintomatizando. En el pasado, Da-Song vio la aparición de Geun-sae. La escena parece sacada de una película de terror. Lo que el pequeño presencia es un fantasma. Es el recuerdo de la casa que piensa, como el Hill House de Shirley Jackson. Lo que ve Da-Song es el inconsciente colándose a la conciencia, subiendo las escaleras.




En la mansión la lluvia es un espectáculo, un elemento que le da atmósfera a la vida rutinaria y plana: Da-song, el malcriado, instala su carpa india en el jardín bajo la lluvia, protegido por el plástico "que es de buena calidad porque es yanqui". Los padres lo vigilan por si acaso, recostados en el sofá, a través de una ventana panorámica que tiene las proporciones de una pantalla de cine: ven la realidad como una ficción.
Mientras tanto, la familia pobre desciende por la ciudad, y la lluvia se transforma en un lodasal, en un río con fuerza que arrasa con todo. Descubren su casa inundada, devastada, las pertenencias flotan como cadaveres.
La lluvia es milagro y castigo. Es Hapi, el dios andrógino egipcio, que era visto como proveedor de fertilidad con los pechos grandes y el vientre abultado, y es Dios desatando el Diluvio Universal.
Ascender de clase social no es seguirle el juego a un sistema capitalista perverso, sino escapar de la brutalidad ciega de la naturaleza. Ser rico es convencerse de que tenemos dominio sobre este mundo en el que vivimos, aunque la humanidad solo vaya a durar un pestañeo.


En las sagas vikingas, se menciona el uso de una piedra mágica que hacía las veces de brújula, y que les permitía navegar el océano y descubrir tierras. Así habrían llegado a Groenlandia y a América. El secreto de la piedra era que brillaba cuando la tocaba un rayo de luz. En este mito, como en tantos otros, podemos entrever una relación precisa entre las rocas y la magia. El dedo de luz como un rayo de sabiduría divina. Guía al héroe en su viaje épico.


En esta escena, durante el diluvio, la piedra —regalo de su amigo Min, simbolizando la buenaventura económica— flota hacia Kim-woo. Es el único momento fantástico de la película. Más adelante, en el epílogo, vemos que la roca se hunde en el río, probando al espectador que lo sucedido en la inundación fue un momento de realismo mágico.
La piedra es amuleto, talismán. Los egipcios tallaban las rocas transformándolas en objetos apotropaicos. El ojo de Horus. La piedra es núcleo de poder esotérico. Están marcadas por el paso del tiempo, los minerales son un registro con el que medimos la eternidad.
La piedra, además, es el peso que arrastra Sísifo. 
Kim-woo le asegura su padre que la piedra está agarrada a él y no al revés. No podría ser de otra manera. El anhelo de avanzar en los escalafones sociales se cristaliza en la culpa de no lograrlo.
En el clímax, el ya desquiciado parásito del búnker le aplasta la cabeza a Kim-woo con la piedra. Es un final irónico al que todos nos dirigimos: lo que deseamos se vuelve una condena. El deseo es parásito.



Improvisan una fiesta de cumpleaños a Da-Song. La temática es indios americanos. Alrededor de la tienda del cacique, se disponen las mesas, en forma de ala. Hay un banquete, música clásica, una soprano. Los nenes pululan por el jardín en sus ropas cómodas pero elegantes. Una nena lleva un vestido floreado. El jardín es de un verde alucinado. El sol parece que bosteza. La escena es una pintura renacentista típica: un banquete dionisio.
Para el momento de la torta, dramatizan la novela familiar, el edipo: Jessica lleva la torta, el padre de la familia rica y el padre de la familia pobre son los caciques de otra tribu que quieran raptar a la virgen, y Da-Song debe defender a su amada. Los invitados prestan atención, en silencio.
Pero la venganza del parásito del búnker entra en acción. La escena toma un tono shakespireano que es común en el cine surcoreano —Oldboy, Mother, The Handmaiden—. Un chorro de sangre empapa unas rodajas suaves de pan. Es una imagen erótica. Funciona como catarsis. La pincelada que arruina la pintura. El Edén corrompido
El padre de la familia pobre asesina en medio del caos al padre de la familia rica. A diferencia de los demás análisis, yo sostengo que el personaje de Ki-taek siempre demostró una actitud sórdida, incivilizada, una tormenta que en cualquier momento desborda. La erupción del conflicto facilitó la concreción del homicidio, que ya rondaba en su cabeza, como una fantasía quizá.

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Para que algo  se cree, algo tiene que destruirse. Este mecanismo de la naturaleza, ley universal, es de lo que queremos escapar al crear pactos sociales. El orden social que hoy nos oprime nos protege de esa compulsión a perpetuar nosotros mismos esa ley. Nacimos del vientre de la naturaleza, y, por más convenciones morales que dictemos, somos animales de deseo. Escalamos una montaña de huesos.
Parasite nos presenta la paradoja de construir una cárcel para protegernos del exterior, pero incluso así nunca vamos a estar protegidos de nosotros mismos.

lunes, 25 de noviembre de 2019

El objeto espiritual: un ensayo sobre el estado del arte.


















Contemplar es un acto de unión con el presente. Contemplar requiere de silencio, de espera a las respuestas configuradas en el objeto contemplado. El esfuerzo que presenta el acto de callar parece inhumano hoy en día, que vivimos para decir, para mostrar, para navegar en un buscador y que en milésimas de segundos nos aparezcan 20.000 resultados correspondientes a la pregunta que tipeamos. Si de algo no morimos actualmente, es de espera.

El avance las inteligencias artificiales, del algoritmo publicitario, y el nihilismo que tiñe la contemporaneidad han arrasado con la experiencia de la contemplación. Es una guerra con dos frentes: por un lado, los museos fueron coaptados por el arte conceptual que desencarnó la experiencia artística de la obra; por otro lado, como una sublimación colectiva, el diseño industrial y el diseño web florecieron, y los tutoriales de maquillaje surgen de a cientos diariamente: la experiencia estética se trasladó a la verborragia del trending topic, al placentero Iphone 11, que en dos meses será desechable.

Una galería del Mayfair expone un cenicero con colillas sobre un pedestal, obra de Damian Hirsch. Los espectadores rodean la obra con las cámaras listas para ser accionadas. Algunos elaboran complejas teorías de lo que la obra significa. Otros directamente leen la explicación adosada a la pared, a un lado del cenicero. Ninguno de ellos contempla. La experiencia con la obra está vacía de sentido, por lo tanto necesitan llenarla de ruido: flashes, lecturas, rumiaciones. Al contrario de lo que sostienen los que defienden las instalaciones ready-made, ni la arquitectura sobria e imponente del museo, ni el discurso posmoderno que explica la obra, ni el renombre del autor, ni el precio en seis cifras alcanza para contrarrestar la falta de experiencia estética. Después de que se fueran todos los espectadores y de que el museo cerrara sus puertas al público, un empleado de limpieza confunde la obra con basura y la desecha; o, mas bien, reconoce la obra como basura y la desecha.

A su vez, en Instagram, se expande la fotografía digital, cada vez con mayor profesionalidad y creatividad. Figuras como Rihanna o Kylie Jenner se convierten en Venus de Milo 2.0. Los videojuegos son las grandes narraciones del siglo XXI, y el cine se transformó en un espectáculo de CGI hiperrealista. La estética florece en estos medios, pero ninguno de ellos es capaz de darle espacio a la contemplación. Instagram se renueva constantemente, las fotografías se acumulan una detrás de otras, un rollo irrefrenable. Los videojuegos requieren de la acción, de avanzar, de competir. 

Así es que los espacios de contemplación como los museos están rebasados de obras repetitivas, ascéticas al pensamiento original, y las nuevas plataformas solo fomentan la interacción: un like más. ¿Qué es esto sino una reacción fóbica al acto silencioso de contemplar?

Sin la capacidad de contemplar somos sujetos-huecos incapaces de pensarnos a nosotros mismos. El arte, que se diferenciaba de la artesanía por su singularidad, y de la tecnología por su objetivo no-utilitario, se volvió un mercenario más del capitalismo. Minujin y Kusama venden sus diseños insoportables de arte-pop en cuadernillos, tazas, papel tapiz y otros objetos sin valor. Le arrancaron el alma al objeto, que ahora es una pieza de decoración más, que no busca la concentración de la mirada, la tensión, sino la ceguera, el equilibrio de los sentidos. Y nosotros, que miramos diariamente ese abismo, perdemos poco a poco la capacidad de reconocer el alma, ahí escondida donde sea que esté.




martes, 27 de agosto de 2019

Dios-planta: un ensayo sobre la ansiedad.


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Si tuviéramos que caracterizar a la contemporaneidad, al presente inmediato, diríamos que ocurre en dos planos: el físico y el virtual. El primero, específico del espacio, de la gravedad y el cuerpo, cuyo peso cargamos como Sísifo acarrea la roca; el segundo, de la inmaterialidad, el de la carencia de las imposibilidades y la homogeneización. A diario abandonamos la primer realidad para instalarnos en la segunda, dejamos el cuerpo al cuidado de una silla ergonómica y nuestros ojos se funden en la pantalla, que pasa a ser una forma omnisciente de visión a la que extrañamos cuando estamos de vuelta en la carne.
La Era de la Información paulatinamente fue adocenando las capacidades cognitivas más elementales como la atención y la memoria; el individuo ya desconoce los méritos de una dieta sensorial balanceada y consume bulímicamente a través del binge-watching, por medio de los algoritmos que adivinan nuestro propio deseo y lo vuelven perverso, inagotable —«Si te gustó esto, comprá esto otro»—. Esta voracidad transforma los cerebros en órganos incapaces de mantenerse fuera de la virtualidad, de enfrentarse al crudo de la materialidad, donde el deseo no es inmediato.
Por otra parte, bajo las nociones de la vida plena, la eficacia se transformó en el valor ulterior. La libertad que se promueve ahora es una libertad que debe ser eficaz. Nos enseñan a vivir mejor, a vivir más, a motivarnos, a contar las calorías y tomar tantos litros de agua por día. Cada una de las ciencias de la conducta y las neurociencias justifican las elecciones que hemos de tomar: veinte minutos de meditación diaria para reemplazar dos horas de siesta; una mascota para reducir el nivel de estrés. En el paradigma de lo cuantificable, ¿quién se podría oponer a lo estrictamente correcto? Aun así somos incapaces de recordar la extensa receta médica que seguimos a diario; pero eso no es un problema: la alarma del celular lo anuncia. Procedemos entonces a tomar las vitaminas, hacer los estiramientos; curamos el cuerpo y nos vaciamos luego en internet.
Desde su origen la humanidad ha proyectado en la naturaleza sus más grandes miedos, todos sus esfuerzos fueron para domeñarla y obtener algo a favor. Se constituyeron sistemas gregarios de defensa y producción de alimentos, y con el tiempo el éxito de su conquista llevo al ser humano, siguiendo a William Blake,  a criar pestilencia: el deseo pérfido de consumir en sí mismo es una perversión, el inescapable espiral al que estamos sometidos. La naturaleza pasó de ser la mayor fuente de miedos a una molestia, la maleza que crece en la grieta de cemento. En nuestra compulsión de escape, creamos la segunda realidad, en la que somos livianos, anónimos y eternos.
Pero los grandes pensadores, los verdaderos iluminados, cuyos cerebros no estaban infectados de publicidad, dirigían su mirada a la naturaleza. El Ermenonville fue el primer jardín europeo creado con intenciones filosóficas. En esos campos de flores y árboles copiosos los filósofos descansaban de la compañía humana y vagaban como también lo hacían en su mente. Como dice Beruete (Verdolatría, 2018): «Pasearse por el jardín ya no significa únicamente estirar las piernas y oxigenar los pulmones sino también observar y actuar, interrogarse a uno mismo y entablar un diálogo con el paisaje». Este estado de atención relajada que solo proporciona el contacto con la naturaleza, de observación y curiosidad, de oyente,  ha constituido el terreno fértil del pensamiento original. En la calma uno mimetiza el cuerpo a la planta, lo vegetaliza, y solo se es, uno está, no escapa.
Hoy se apropia la psicología de una de las prácticas cardinales de muchas culturas orientales: el mindfulness. Habitar el presente en tiempos de futuro es una tarea ardua. Y si nos recetan la meditación es con un fin: relajar y funcionar mejor en el trabajo o en la casa, no enojarse tanto o bajar la ansiedad que me da el tráfico.
Pero la meditación es un fin en sí mismo. No pensar es la verdadera revolución, es salirse del espiral. No producir. Ser vegetal es la contraeducación a la comunicación instantánea y el modelo de producción fordista en el que somos un engranaje. Ir en contra del hipervínculo y el algoritmo de las ofertas es no desear. Remar contracorriente de las memorias que se acortan. Ser el árbol en cuyo tronco los anillos registran la historia completa. El sufrimiento que nos produce el miedo al sufrimiento va a desaparecer. En cuanto volvamos la mirada a la naturaleza vamos a encontrar a Dios, que no promete nada, solo la posibilidad de existir.

miércoles, 19 de junio de 2019

Sueño.



El 23 de mayo del año pasado, mi hermana Mirna fue asaltada por un grupo de hombres al volver del trabajo. Estuvo un mes en el hospital, primero recuperándose de un pulmón perforado y de los hematomas en la parte baja de la espalda que la mantenían postrada a la cama; después, de una neumonía que se contagió de su compañera de cuarto; y por último, de las pesadillas que no la dejaban dormir.
—Si de algo muero, va a ser de sueño —me explicó Mirna, conversando por teléfono.
—Nadie muere de sueño —le contesté, mirando absorto el modo mecánico en que mi mujer colgaba la ropa en la terraza, doblando cada prenda en la soga y sujetándola no con dos sino tres pinzas. Mirna respiraba pausadamente del otro lado de la línea. Antes de que alguno de los dos hablara, se me ocurrió que tal vez sí había gente que se moría de sueño, pero que debía de ser muy extraño —. ¿Las enfermeras te están ayudando con eso?
Mirna suspiró y a través del teléfono se sintió como si me llegara su bocanada de aire.
—Ya no quieren inyectarme. Las pastillas me dejan aturdida pero nada más. El problema no es que no pueda dormir sino que sueño la misma pesadilla todas las noches —Algo en su voz delataba cansancio, como si hubiera tenido que explicar lo de la pesadilla más de una vez.
«Probablemente deba ir a verla», pensé entonces. Fue una declaración que, a pesar de no haberla dicho en voz alta, en mi mente tomó cariz de irrevocable. Si hasta entonces no había ido a visitarla, fue porque mi esposa y yo nos habíamos reconciliado poco antes  y no quería que estuviese separada de mí tanto tiempo. Temía que, una vez de visita en lo de mi hermana, mi esposa tuviera la distancia suficiente para replantearse nuestro matrimonio, aunque en todo ese tiempo no me había dado indicios de pensar algo semejante, y, por lo contrario, demostraba más cariño que antes.
—¿Creés que deba ir? —pregunté.
—No hace falta, estoy bien —contestó Mirna y se apuró en cortar.
—Quiero ir. Dame la dirección del hospital —la interrumpí con una confianza en mi voz que me tomó por sorpresa.
—¡No! —protestó —. Tu mujer te necesita.
—Para visitarte necesito la dirección —repliqué sin escucharla, un poco irritado. Al fin estaba convencido y ahora ella se oponía. Pero en su lugar, creo que tampoco hubiera querido recibir a nadie, ni siquiera a las enfermeras. Imaginarlo hizo que me sintiera triste y apagado, como si por accidente hubiera caído en un pozo —. De verdad quiero verte. Además, tengo unos días libres y siempre quise probar comida de hospital —reí.
Mirna suspiró y colgó con un golpe.
Pero no importaba que ella no quisiera, estaba convencido. Iría a verla.
Sin embargo, mi esposa tampoco estuvo de acuerdo, la había subestimado.
«No es el momento», me dijo con un tono sereno mientras recortaba los hilos sobrantes de un vestido que se estaba haciendo. Yo me quedé en silencio mirando cómo trabajaba con la máquina. Cierta vez me había enseñado a coser parches en pantalones con esa misma máquina, y aunque me había felicitado por lo prolijo que había quedado el parche, poco después, una tarde en la que estaba solo en casa, saqué la máquina e intenté replicarlo pero no tuve éxito. «¡Imbécil!», me gritó, en uno de sus ataques de ira. «Inútil como las mujeres de tu familia».
Esa noche tuvimos una fiesta. Mi esposa usó el vestido que se había hecho con uno anterior, desgastado, de su hermana, y yo me emborraché.
—Estoy borracho —dije en voz alta, y algunas personas se dieron vuelta y me observaron con sonrisas entre amistosas y compasivas. Mi mujer hizo como si no hubiera oído nada, y una de sus amigas la alejó de mí. Al rato regresó y me miró desconcertada. Me había volcado vino sobre la camisa blanca, y hasta que ella no me miró de esa manera, no lo había notado —. No tenemos más camisas blancas —agregué.
No sé por qué usaba el plural cuando se trataba de una pertenencia mía, como una maldición hecha realidad desde el día en que firmé los votos matrimoniales. «Lo mío es tuyo. Lo tuyo es mío».
—Mi hermana se llama Mirna. Hace poco la violaron y no sé quiénes fueron. —Había agarrado a un hombre por el brazo y le estaba sacando conversación, pero alguien nos separó y ya no volví a verlo.
—Se lo contaste con lujo de detalles —me aseguró molesta mi esposa a la mañana siguiente, mientras metía mi ropa en un bolso de mano. Ya había dejado de llorar, pero parecía más triste y avergonzada que antes —. Hasta acá llegamos —sentenció, y aunque me pareció una frase cursi, no se lo dije.
Me sentí poseído por una fuerza maligna que me hacía decir y hacer cosas que solo resultaban en desgracia. A pesar de que sabía que ella no quería tener sexo, un rato después de que terminó con el bolso, la abracé torpemente por la espalda y casi nos caemos adentro del ropero. Accedió a hacerlo cuando la besé en el cuello, y comenzó a tocarme,  pero en cuanto acabamos y separamos un cuerpo del otro, ella se vistió y salió de la casa sin mediar palabra.
No hacía falta que me lo dijera: tenía que irme.
Nuestra relación nunca había sido buena, y eso se debía a que alguno de los dos no podía tener hijos. Quizá por temor o por solidaridad al otro, preferimos dejarlo estar en la duda. Uno de los dos era estéril. Posiblemente ella, aunque también podía ser yo, a pesar de que los hombres de mi familia habían sido todos fértiles.
«Cuando cada uno forme su pareja, lo sabremos. Uno de los dos va a tener un hijo y el otro no», pensaba. Aquella fantasía proposicional me daba cierto placer, una especie adrenalina de apuesta.
—Pueden adoptar —me decía Mirna —. No tienen por qué separarse. A lo mejor los dos son estériles y la desgracia los persigue a ambos.
No había malicia en su voz.
—¡Imposible! —exclamaba yo —. ¡Imposible!
Ella se reía. Cómo extrañaba su risa.
Una noche después de mi separación definitiva, llamé a la casa de Mirna desde un teléfono público pensando encontrar a Darío, su novio, pero, para mi sorpresa, ella fue la que atendió.
—Mirna… quiero verte —exclamé sin darle vueltas al asunto. Unas prostitutas me miraban preocupadas al otro lado de la calle. Una de ellas me sacó una foto con un celular y frunció el ceño viendo la pantalla —. Mirna, creo que estoy empezando a ver cosas.
¿Estás borracho otra vez?  —preguntó con un hilo de voz.
—No estoy borracho —mentí —. ¿Estás sola? Ya mismo voy para allá. ¡Mirna! ¡Contestá! Mi mujer me dejó. Esta vez es para siempre.
Oí un llanto apagado, como si tapara el auricular con una mano.
—¿Estás mejor? ¿Qué hacés en casa, despierta a esta hora?
Apoyé la frente en el vidrio fresco de la cabina y observé como las prostitutas compartían un cigarrillo, mientras oía menguar el llanto de mi hermana.
—Las pesadillas. No me dejan en paz —dijo de pronto.
La prostituta rubia me hizo fuck you con el dedo y se marcharon. Al principio pensé que venían en mi dirección, pero luego parpadeé fuerte y vi que giraban a la derecha y seguían su camino.
—Puedo ir ya mismo… cuelgo y aparezco en la puerta —dije. Las palabras brotaban de mí sin control —. Voy a ir y vamos a pasar la noche despiertos. Podemos hacer como cuando éramos chicos. ¿Te acordás? Hacíamos fogatas cerca del bosque. Puedo ir ya mism…
El tono de fuera de línea me interrumpió. Se había acabado el crédito.
Desde que mi esposa me había dejado definitivamente, estaba viviendo noche a noche en una pensión de prostitutas. Tenía el dinero para pagar algo mejor, tal vez un departamento compartido, pero había dejado el trabajo en la editorial y no estaba buscando uno nuevo, así que escatimaba en todo lo que podía. Si el bullicio y la clandestinidad del lugar acababan cansándome, tenía un manuscrito por el que me ofrecieron  un pago grande en dólares. Pero no me apuraba a traducirlo. Cuando necesitara el dinero, lo haría. Hasta entonces no pensaba ni siquiera en leer el dossier.
Dejé el auricular colgando y salí. Caminé por una calle oscura pensando vagamente en Mirna. Estar borracho me hacía sentir como si mis pensamientos fueran pesados. El rostro de Mirna era el más pesado de todos. Solo con tratar de invocar sus gestos, me sentía fatigado y tenía que detenerme.
Hombres y mujeres salían de la oscuridad como atravesando un telón grueso. Un chico joven se detuvo a hablarme, pero no conseguí seguir el hilo de la conversación y seguí caminando con torpeza, intentando enfocarme en los rostros que flotaban ininterrumpidamente.
Las pesadillas… —dijo Mirna desde algún lado en la oscuridad, pero era una Mirna diferente, que no había oído en mucho tiempo.
Mirna, frente a una pequeña fogata de broza, abrazada a las piernas, el mentón apoyado en las rodillas, mirando entredormida la danza de los insectos que se arrojaban a las llamas.
…no me dejan dormir.
—Estoy llegando —dije sin saber a dónde —. Llego enseguida.
En algún momento tropecé con un perro callejero y me mordió sin saña, solo para advertirme.
Las pesadillas me alejan… —siguió la voz, un poco más adulta.
 Mirna en mis brazos, mientras los dos entrábamos al agua fresca del río. «Ahora, soltate y patalea, ¡así!, como un perrito».
—En un momento, estoy llegando…
Mirna, hundida en la butaca de la peluquería, apretando los ojos mientras la tijera pasaba por su flequillo.
—¿Me escuchás? En un segundo…
Mirna vestida con el uniforme de gimnasia, tirada en la alfombra leyendo.
—… estoy llegando…
Mirna semidesnuda en la hierba, un hombre de cien kilos sentado encima de ella. Otro hombre pateándole la cabeza como si esta fuera a salir rodando. Cinco hombres orinándola, violándola con sus manos y haciéndole tragar los escupitajos.
—… estoy a punto de llegar, ¡resistí!
Durante un tiempo incierto, continué con mi peregrinaje por calles oscuras y terminé en una estación de servicio. Las imágenes se superponían unas a otras. Me metí en el baño y vomité directo en los azulejos. Unas chicas se enojaron y me golpearon hasta que estuve en la calle de vuelta. El perro que me había mordido, me perseguía moviendo la cola, feliz.
La información se arremolinaba en mi mente hasta que en algún punto de la madrugada perdí el conocimiento.
Al día siguiente, amanecí adolorido en el cuarto de la pensión. Lo primero que hice fue llamar a Mirna. Me atendió con su voz suave de siempre, sin embargo, sonaba aún más apagada, como  si me hablara desde adentro de una caja.
—Soñé toda la noche con vos —le dije, aunque no tenía muy claro si había sido un sueño o lo había imaginado despierto.
¿Si? —preguntó, desanimada.
—Sí, íbamos al río y te enseñaba a nadar. —Esperé a que ella dijera algo. Entonces agregué: —. Y pronto, muy pronto, voy a ir a visitarte, es una promesa —agregué.
No hace falta…
—Aunque no haga falta —la interrumpí —. Te lo prometo.
Pero tampoco cumplí con mi palabra esa vez.
En cambio, pasé lo que quedaba del invierno encerrado largas horas en el sucio cuarto de la pensión intentando traducir el manuscrito, pero no lograba concentrarme y terminaba bajando a tomar algo al bar. Cada vez me costaba menos emborracharme, y solía dormirme pensando: «A lo mejor me siento solo y extraño mucho a mi familia: a mi hermana, a mi mujer, a mi madre… por eso es que me emborracho» y el sueño me consumía en aquellos pensamientos fútiles.
El invierno pasó sin que tuviera mucho contacto con Mirna. Me llamó una tarde. O eso creo yo. Nadie hablaba del otro lado. Se oía una respiración grave que llenaba de ruido la línea. Y yo corté.
La última llamada que le hice a Mirna fue una semana antes que la encontraran ahorcada en el pequeño departamento que le alquilaba su ex novio. Su voz se debilitaba con el pasar del tiempo. Empezaba a hablar de cosas sin sentido, pero yo la escuchaba en silencio, con suma atención
Nunca se van —susurró —. Las pesadillas vienen a verme cada noche. Son como un cielo de muchas lunas en una noche frágil. No va a soportarlo. Todas las noches son frágiles, todos los cielos son de lunas. Y brillan fuerte, no me dejan dormir.
—¿Lunas? ¿Son muchas?
Cientos. Miles. Hay una para cada uno. Y nos miran, nos vigilan, nos alumbran.
—¿Cómo es tu luna? —. De alguna manera, la conversación estaba cobrando sentido en mi cuerpo, que se tensaba y enfriaba a medida que hablábamos.
No lo sé… Son cientos. Miles. Millones de ojos en la piel que tengo que cerrar de uno en uno, pero se siguen abriendo
—¿Ojos? ¿Duelen?
No. Solo observan. Y nos ven dormir…
Luego su respiración se acompasó y la oí dormir un rato, hasta que se acabó el crédito de la pensión y dio el tono de fuera de línea.
Mirna se suicidó poco después. Darío llamó a mi casa para avisarme, pero como yo ya no vivía ahí y mi esposa desconocía mi paradero, tardaron un día en decírmelo.
Hicieron un modesto velorio en su nombre. Decoraron el salón con alelíes blancos, aunque nunca supe por qué la elección de aquella flor. Había fotos de su rostro sereno a donde miraras, pero en todas ellas Mirna parecía triste.
Vi a mi esposa entre la gente. Hacia el final de la reunión, me abrazó por la espalda y estuvimos un momento en silencio.
—Lo siento —murmuró.
—Yo también. No se merecía lo que le hicieron —dije —. No mi hermana.
—Nadie se merecería algo así. De verdad, lo siento —contestó ella.
El salón había quedado vacío después de unas horas. Los rostros de Mirna me observaban en conjunto. Un leve aroma floral se había levantado en el aire con el calor. «Espero te haya gustado la despedida», pensé. Arranqué delicadamente una de las flores y salí al pleno día primaveral.
El cielo era cristalino y soplaba un viento cálido. Las mujeres pasaban a mi lado con sus trajes de oficina. Una de ellas me sonrió. Estuve un momento buscando a Mirna entre esas mujeres, pero después me di por vencido. Imaginé que unos hombres salidos de la nada tomaban a una de ellas y la golpeaban como a un saco de boxeo. Lo imaginé mientras esperaba en una esquina a que parara un taxi.
—¿Por qué llorás?  —me preguntó una nena. Se había acercado y me había agarrado de la manga. Tenía el corte de cabello que se solía hacer mi hermana, el flequillo recto encima de las cejas, y una cola de caballo que le dejaba la nuca pelada al aire.
—Estoy triste —dije secándome la cara.
—¿Por qué estás triste? —siguió preguntando desde abajo.
—Porque estoy solo —respondí.
—¿Y por qué estás solo?
Antes de que pudiera contestar, una mujer mayor se acercó furiosa, la agarró de los hombros y se la llevó consigo. La nena me llamó y se volteó a saludarme con una mano. Cuando quise imitar el gesto, la flor de alelí salió despedida de mi mano, voló en remolinos, ascendió y después se perdió en el azul profundo del cielo.

jueves, 13 de diciembre de 2018

La grulla y el jilguero.





Celeste era diez años menor que yo y mucho más talentosa. Nos vimos la primera vez en el supermercado, y después de unos cuántos encuentros casuales, entablamos una conversación. Resultó que ambas nos dedicábamos a la pastelería, aunque mi especialidad era el pastel de bodas y únicamente trabajaba a pedido.
—Siempre se necesitan unas manos de más —me dijo con una sonrisa delicada.
—¿De verdad? —preguntó la versión más calmada de mí misma que pude encontrar —. ¿De verdad?
Estaba cansada de trabajar sola, de no ver ninguna cara en todo el día excepto la del chico lleno de granos que hacía los repartos, con el que intercambiaba un saludo cordial y no mucho más.
Un día, mientras me duchaba, oí la voz de mi esposo muerto. «¿Mariiii?», dijo la voz, como cuando él me llamaba porque sonaba el teléfono y estaba ocupado o porque no encontraba una corbata o un par de medias que combinaba con lo que llevaba puesto.
—¿Qué pasa? —pregunté y me quedé en silencio esperando una respuesta mientras el agua caliente me lavaba la cabeza y el cuerpo.
Ese fue mi límite, mi punto más bajo.
Desde entonces salí más, conocí a Celeste y terminé trabajando para ella. Sucedió de pronto, una cosa detrás de la otra, como una fila de fichas de dominó derrumbándose. Nuestra amistad creció rápidamente, incluso a mí me sorprendió. En la pastelería, siempre se acercaba con la cuchara de madera humeando para que probara las pastas y salsas que había preparado. «Níscaro y limón. Qué curioso», respondía. Intentaba ser lo más honesta posible.
Me invitó a su departamento una noche, una semana después de empezar con el trabajo —me había encargado las decoraciones de azúcar y pasta, además del uso de las mangas—, con el motivo de enseñarme una receta que quería sumar al negocio.  Cuando llegué esa noche, ya había empezado con la preparación del relleno, que no era más que calabaza dulce hervida en azúcar rosa. El pequeño departamento ardía del calor del horno. Celeste me sirvió una copa de vino y rellenó la suya. Tenía las mejillas enrojecidas y los ojos le sonreían a pesar de que no dijéramos nada.
—¿Por qué siempre estás tan linda? —pregunté, y de inmediato perdí la razón de por qué lo hice. Me mordí el interior de las mejillas. Estaba avergonzada y no sabía el motivo. Celeste era una mujer bonita y no tenía nada de malo que una mujer mayor que ella se lo haga saber. Me reí distraída, pero entonces me di cuenta que ella se había sonrojado y había abierto el horno y retirado unos bizcochos húmedos en los que ahora trabajaba enfrascada —. Creo que el relleno va a necesitar un poco más —agregué para cambiar de tema.
Cuando la torta de calabaza estuvo en la heladera, abrimos las ventanas y nos sentamos sudadas a la mesa. Entre las dos nos habíamos acabado la botella. Parecía que el alcohol, en vez de desinhibirla, la volvía más silenciosa y contemplativa. En cambio a mí, el alcohol me había vuelto una máquina de contar intimidades. Entre otras cosas, le había confesado que mi esposo había muerto de un infarto hacía un año y que había oído su voz llamándome días atrás.
—¡Qué triste! —exclamó, y en su voz solo había sinceridad.
—Qué triste… —repetí, pensativa.
 —No creo que haya sido él.
—Ni yo —zanjé.
Esperamos en silencio, afectadas levemente por el alcohol. Abajo pasaban los autos, pero se oían tan cerca que sentí que podía tocarlos estirando un brazo. Celeste abrió la heladera cada cinco minutos hasta que por fin decidió que la torta estaba lista y, allí mismo, la cortó y trajo una porción finita sobre el perfil del cuchillo. Comimos arrancando trozos con los dedos. El tiempo pasaba lento cuando la veía hundir sus uñas rojas en la masa esponjosa, y después, cuando los dedos entraban en la boca. Ambas nos reímos. La calabaza estaba buena, pero demasiado dulce, aunque solo le dije que me gustaba.  Al terminar la torta, nos miramos y Celeste pareció haber recuperado el semblante.
—Mañana voy a intentar replicarla —le dije más tarde, ayudándola a fregar y secar los moldes.
Respondió con un sencillo «Gracias» y sonrió sin mirarme. Me despidió en la puerta y no entró hasta que bajé las escaleras a la calle. En la vuelta, tomé un atajo que cruzaba perpendicularmente una fila de patios pequeños. Vi a una mujer tendiendo las sábanas y me pregunté qué la llevaba a estar haciendo la colada a esa hora de la noche. Se me ocurrió que su hijo se pudo haber hecho pis y ella había sacado las sábanas para que su marido no sintiera el olor. Me había imaginado la escena mientras volvía a casa, y en cuanto llegué me embargo un sentimiento fatalista de soledad.
Volví a pensar en Celeste mientras me cambiaba de ropa, y después cuando intentaba conciliar el sueño. Repasé mentalmente nuestra conversación. No podía detener el flujo de pensamientos a pesar de que el alcohol y el aire frío de la noche me habían adormilado. «¡Qué triste!», decía la voz de Celeste en la oscuridad de mi cuarto.
Tal vez por lástima a verme tan sola, ella me invitó a su departamento a menudo. Resultó que no solo era una excelente pastelera, sino también una cocinera estupenda. Entre otras comidas, me preparó pan de carne, curry de tofu con batatas, estofado de cordero, amorellis de zanahoria, corvina con salsa romesco y espárragos, sopa zoni y bisque de langostinos.
Yo la veía fascinada luchar con varias sartenes a la vez. Las ventanas terminaban empañadas por el vaho del horno, y el aroma de las especias y las vinagretas se me metía debajo de la piel.
—Comé bien —me decía cada vez que dejaba un plato en la mesa.
Celeste se refería a mí como «la comensal preferida». Durante las comidas  hablaba poco y se limitaba a observarme comer. Respondía amablemente si le hacía una pregunta, pero nunca alargaba el hilo de la conversación. En su mirada no había espera ni regocijo.  Celeste se transformaba en un jilguero que me miraba con ojos tristes desde una rama alta.
—Está exquisito —le dije una noche, mientras partía una gamba y la mojaba en salsa de soja —. Nunca probé un sabor como este, dulce y picante.
Ella hizo una reverencia tímida y me acercó el plato para que tomara otra. La carne de las gambas se deshacía en mi boca. Entonces tuve un momento de enajenación, como si me viera desde afuera, sentada en la mesa, siendo alimentada como una nena. Me quité aquel pensamiento de la cabeza y entonces volví a pensar en nuestro primer encuentro, en el estacionamiento de un Walmart.
—La primera vez que te vi ibas metida en un impermeable enorme. Vos no me viste a mí. Tenías una bicicleta. ¿Dónde quedó esa bicicleta? —le pregunté.
Celeste iba caminando al trabajo todos los días. No lo había notado hasta ese momento.
—Es de Pedro, mi novio. —Hizo una pausa y a continuación agregó: —. Ya no es mi novio.
Decidí no preguntar al respecto. Celeste parecía tan frágil que temía romperla con una pregunta equivocada. Aun así, había despertado mi curiosidad. Terminé las gambas y luego la ayudé a limpiar la cocina. Volví a casa pensando en cómo sería Pedro. No podía sacármelo de la cabeza. Imaginé un chico de su edad, alto, de manos grandes y suaves, un hombre de una belleza modesta como la suya, introvertido pero amable. Después intenté imaginarme a los dos peleándose, pero no pude. Me pregunté cómo habrían terminado.
Esa noche, me metí en la cama con las luces apagadas. Sin saber cómo llegué hasta ahí, me encontré pensando en Celeste y Pedro —el que yo había creado en mi mente— haciendo el amor. Supuse que era un sexo tierno y metódico. Así era el que tenía con mi esposo. Ninguno de los dos lo disfrutábamos demasiado, y sin embargo, lo hacíamos con regularidad como una demostración de afecto. Era la única manera en la que conseguíamos ser cariñosos el uno con el otro. En cambio, en mi mente, Celeste y Pedro tenían sexo por deseo. No solo se amaban, sino que además querían darse placer. Era una necesidad que incrementaba a medida que lo hacían. Y también incrementaba en mí mientras lo imaginaba acostada en la cama, como si yo fuera parte de la pareja.
De pronto, por segunda vez en la noche, volví a sentirme fuera de mi cuerpo. La imagen de mí misma con una mano dentro del pantalón me sacó de la cama de un salto. «Qué ridícula», pensé. Encendí la luz y me metí en el baño. Me lavé las manos por un largo rato y me senté desnuda en el inodoro. Imaginé el fantasma de mi marido frente a la cama y repetí: «¡Qué ridícula, qué ridícula!». Antes de volver al cuarto, me lavé las manos de nuevo y me observé en el espejo, que solo llegaba hasta la cintura. Estaba excedida de peso, mis axilas habían quedado oscuras de afeitarlas mal y me estaban empezando a salir unas estrías blanquísimas en los pechos. «Esto es porque como demasiado», pensé. «Porque como demasiado y porque me veo poco en el espejo».
Esa noche dormí con la luz prendida, invadida por un repentino temor a que el fantasma de mi esposo apareciera y me atormentara por mis pensamientos inmaduros.
Algo había cambiado en mí esa noche.
Celeste siguió invitándome a cenar, pero rechacé cada una de sus ofertas.
—Está bien —decía, sin más.
En el negocio la veía poco, ella se encargaba de la atención a los clientes y los repartos. La cocina había quedado a cargo de Eric, un chico de diecinueve años con un talento preternatural, y de mí, que seguía haciendo las decoraciones y otras tareas de poco riesgo. Llegué a pensar que solo estaba ahí porque le caía bien a Celeste. Pero no podía dejar que eso me molestara: volver a trabajar sola se me hacía imposible. Con el tiempo, había empezado a dudar de mis habilidades y pensé que tal vez mi sustentabilidad con los pasteles de boda se había debido a que cobraba poco y tenía clientes conformistas. Lo mismo sucedió con los quehaceres de la casa. De un día para el otro, dejé de preocuparme por cómo vivía, y solo hice lo absolutamente necesario, como tener una muda de ropa y el delantal limpio y la comida para ese día en la heladera.
Con más tiempo libre, empecé a salir a caminar a diario. Me ponía mi único conjunto de jogging de algodón y, si hacía mucho frío, una mangas larga debajo. Recuerdo un día verme en el vidrio de un local de electrodomésticos y no reconocerme. Vestida así, parecía un hombre. Pero no me importó; al contrario, sentí un placer diferente al que nunca había sentido jamás. Pensé brevemente en mudarme a otro lado, recomenzar mi vida, incluso llamarme de otra manera, tener una personalidad diferente y un trabajo nuevo. Contemplé la idea sentada en un banco junto a un perro callejero que dormía sin saber que yo estaba ahí, pero decidí que mejor no probaba a la suerte, si yo no era buena en nada.
A pesar de mi temor, decidí renunciar al trabajo una mañana. Fue por medio de una llamada telefónica. «Ah, de acuerdo, se lo comunico», me contestó Eric, sin el menor interés en saber por qué. Colgué y cerré los ojos. La luz entraba por la claraboya justo sobre mí. No sabía lo que iba a hacer, pero no me preocupaba. En la cuenta bancaria tenía el dinero que había cobrado por el seguro de vida de mi esposo. Si lo administraba bien, podía alcanzarme para dos o tres años, tiempo suficiente para tomar una decisión respecto a mi futuro.
Durante unos meses, recolecté folletos de diferentes destinos turísticos, y a veces, cuando estaba aburrida, jugaba a que tenía que elegir el lugar de mis próximas vacaciones, aunque siempre acababa escogiendo Roma. «¿A dónde hubiera ido él?», me preguntaba, pero después recordaba que mi esposo hubiera estado de acuerdo con cualquier opción. Y yo también. Quizás por eso nunca habíamos viajado muy lejos.
Los días pasaban uno tras otro sin distinción. Para romper la monotonía iba al cine, pero como nunca entendía las películas, dejé de ir y preferí quedarme en casa mirando programas de televisión que no me exigieran demasiado.
En mucho tiempo, había logrado mantener a Celeste fuera de mi cabeza. Se había convertido en un fantasma tal y como era mi esposo. Antes de renunciar al trabajo, creí haber escuchado que ella había vuelto con Pedro, pero no estaba segura. A pesar de no saber por qué, me sentí aliviada. «No va a estar más sola», pensé.
Sin embargo, una tarde de invierno en la que nevaba, Celeste apareció en la puerta de mi casa. Tenía el pelo empapado y tiritaba de frío. Se veía diferente, más delgada quizás. Se le notaba en la cara.
—¿Por qué? —preguntó sin antes decir nada.
—¿Por qué? —repetí, confundida y asustada. Nunca había visto tanta determinación en sus ojos —. No te entiendo.
—¿Es que no te gustaba mi comida? —Y agregó: —. ¿Te molestaba estar conmigo?
Mi primera reacción fue reírme, pero al ver que ella se mantenía en silencio, agaché la cabeza. Entonces sentí que debía retroceder y cerrar la puerta, y así lo hice. De lo contrario me hubiera desmayado, o muerto, o algo peor. «¿Por qué? ¿Es que no te gustaba mi comida?», continué escuchando en mi mente. Celeste seguía de pie afuera.
—¡Andate! —grité, repentinamente molesta.
—¡Te necesito!  —gritó ella en respuesta.
—¡No! ¡Es mentira!
—¡No te gustaba mi comida! —exclamó, ahora aseverándolo —. ¡No te gustaba mi comida!
—¡Andate, andate, andate! —grité yo una y otra vez, hasta que ya no pude más.
Entonces hubo silencio de su parte.
Abrí la puerta y ella ya no estaba. No había nadie en la calle. La nieve se acumulaba silenciosamente en todas partes. Las huellas que había dejado en los escalones se aguaban y desaparecían.
—Celeste —dije en voz alta, y lo repetí: —. Celeste, ¿estás ahí?
—¡No! —respondió.
Celeste se escondía detrás de un árbol
—Celeste, entremos, por favor.
Esperé un momento, y como no hubo respuesta, bajé a buscarla. La encontré abrazada a sus rodillas, hecha una bolita, y al verme extendió una mano y algunos copos de nieve se adhirieron en su palma abierta. Celeste daba la impresión de un pájaro caído al que se debía cobijar. Le tomé la mano, la ayudé a levantarse y entramos atravesando la fina brisa de nieve.
—Perdón… —dijo ella en un murmullo, mientras se sacaba las botas y las dejaba sobre la alfombra.
Yo fingí no haberla oído.
—No tengo mucho en la heladera —dije, y comencé a sacudirle la nieve de la cabeza —, pero creo que va a alcanzar para una sopa de brócoli, si es que te gusta.
—¿Sopa de brócoli?
Asentí y se le iluminaron los ojos.
—Está bien —dijo.
—¿Sabías que te pareces a un pájaro cuando me mirás así? —pregunté.
Ella rió.
—¿A cuál pájaro?
—Un jilguero tal vez.
—Pero… no me gustan los jilgueros.
—Este es el más hermoso que haya visto —dije —. Además los jilgueros son bonitos.
Celeste hizo una reverencia tímida y se quedó quieta mientras le sacaba el abrigo y lo colgaba en un perchero.
—También te parecés a un pájaro —dijo de pronto —. Te parecés a una grulla.
—¿De verdad? —pregunté riendo, todavía con el tacto de su piel fría en mis dedos.
—Sí. Una grulla que está a punto de alzar vuelo.
—¿Y adónde va esa grulla?
—Eso no lo sé —dijo y encogió los hombros —. Ni yo ni ella.